Apenas cruzamos el portón de la casa, el ruido de la música quedó atrás como si nunca hubiera existido. Solo quedaron nuestros pasos sobre la calle, el leve sonido del bastón de mi padre tocando el suelo… y ese silencio que, lejos de incomodar, empezaba a sentirse como descanso.
No volteé.
Ni una sola vez.
—Hija… —la voz de mi padre sonó suave, con esa preocupación que siempre intentaba esconder—. ¿De verdad estás bien?
Apreté su brazo con un poco más de fuerza.
—Sí, papá.
Y esta vez… era verdad.
Caminamos despacio hasta la esquina. Ahí, un taxi viejo pasó y levanté la mano. Se detuvo sin prisa. El conductor nos miró por el retrovisor con curiosidad: una novia sin vestido, un hombre mayor con bastón, dos personas que no encajaban en ninguna historia común.
—¿A dónde van? —preguntó.
Dudé un segundo.
Luego respondí:
—A la terminal de autobuses.
Mi padre giró ligeramente el rostro hacia mí.
—¿Nos vamos?
Sonreí, aunque él no pudiera verlo.
—Nos vamos a casa.
El trayecto fue corto, pero suficiente para que todo empezara a asentarse dentro de mí. Miré por la ventana. La ciudad seguía igual: tráfico, gente, vendedores, vida. Nadie sabía lo que acababa de pasar. Nadie lo necesitaba saber.
Y por primera vez… eso no me importó.
En la terminal, el olor a café barato y pan dulce llenaba el aire. Compré dos boletos con el dinero que me quedaba en efectivo. No era mucho. Pero alcanzaba.