Me giré.
Volví junto a mi padre.
Tomé su brazo con cuidado.
—Vamos, papá.
Nos dimos la vuelta.
Y empezamos a caminar.
Detrás, el ruido volvió poco a poco. Pero ya no importaba.
Ni las miradas.
Ni los susurros.
Ni el lujo.
Nada.
Solo el sonido de nuestros pasos alejándose.
Lentos.
Firmes.
Y por primera vez en todo el día…
en paz.
El aire afuera era distinto. Más simple. Más real.