La noche que debía convertirme en esposa de un apellido poderoso, descubrí que para ellos mis padres sólo eran un estorbo con “olor a barrio”. Sonreí, pedí el micrófono y frente a doscientas personas convertí la boda del año en la caída pública de una familia clasista. Lo que nadie imaginó fue que ese escándalo sería apenas el comienzo de mi verdadera victoria.

—Te escucho.

—Mi papá está con tu abogada. Mi mamá se volvió loca. Dice que te va a arruinar. Que te va a cerrar puertas. Que nadie va a quererte contratar. Pero yo… yo ya no quiero esto, Claudia. Ya no quiero nada de esto.

—Debiste pensarlo ayer.

—Lo pensé tarde, lo sé —dijo, y su tono ya no era suplicante sino desfondado—. Pero lo pensé. Y llevo todo el día pensando sólo en eso. En la cara de tu mamá. En la de tu papá. En la tuya. Nunca te había visto así. Como si ya no estuvieras conmigo.

Eso me heló.

—Porque ya no estoy contigo.

Hubo un silencio.

—Puedo irme —dijo de pronto—. Puedo salirme de la empresa, dejar la casa, empezar de cero. Te lo juro. Nos vamos a Guadalajara, a Mérida, a donde tú quieras. Trabajo de otra cosa. Lo que sea. Pero no me dejes solo con ellos.

Ahí estaba otra vez la verdad.

No me quería a mí. Quería una salida.

—No soy tu salvavidas, Álvaro.

—Eres lo único bueno que tenía.

—Y aun así me entregaste al matadero.

Del otro lado respiró fuerte.

—No sabía cómo pararla.

—Claro que sabías. Sólo no quisiste pagar el precio.

No respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz se había vaciado de orgullo.

—Tienes razón.

Esa vez sí le creí. No porque de pronto se hubiera vuelto noble, sino porque por fin estaba tan hundido que ya no le quedaba teatro.

—Pero te juro que te amé.

Miré la madera de la puerta. Pensé en el hombre del que me enamoré. En sus mensajes de madrugada, en nuestras conversaciones eternas en el coche, en los domingos de chilaquiles y películas, en la primera vez que me llevó flores a la oficina sin razón. Pensé también en todas las veces que minimizó, justificó, pateó para después, prefirió no incomodarse.

Uno no deja de querer en un minuto. Deja de confiar. Y sin confianza, el amor se vuelve un recuerdo con buena iluminación.

—Tal vez me quisiste a tu manera —dije—. Pero tu manera no me sirve. Tu manera deja sola a la mujer que dices amar cuando más te necesita.

Escuché un golpe leve, como de espalda resbalando por la pared hasta el suelo.

—No sé quién soy sin todo esto —murmuró.