La noche que debía convertirme en esposa de un apellido poderoso, descubrí que para ellos mis padres sólo eran un estorbo con “olor a barrio”. Sonreí, pedí el micrófono y frente a doscientas personas convertí la boda del año en la caída pública de una familia clasista. Lo que nadie imaginó fue que ese escándalo sería apenas el comienzo de mi verdadera victoria.

Se los enseñé a Sofía.

—Guárdalos todos. Son mis flores de cumpleaños.

Mi mamá cerró los ojos.

—Qué clase de personas…

—La clase que se siente con derecho a humillar y que, cuando una les responde, se ofende —contesté.

A la una de la tarde entró una llamada. Don Ricardo, según identificador.

Sofía respondió desde mi celular, puso altavoz y habló con la frialdad de un notario.

—Licenciada Mendieta al habla.

Se hizo un silencio pequeño. Luego la voz grave de don Ricardo.

—Necesito hablar con la señorita Reyes.

—Hablará conmigo.

—No la estoy amenazando, licenciada. Sólo quiero resolver esto con dignidad.

Sofía me miró, alzó una ceja y respondió:

—La dignidad se les ofreció anoche y la despreciaron. Ahora podemos hablar de rapidez, de discreción y de consecuencias. ¿Cuál de las tres le interesa más?

Mi papá casi sonrió.

Don Ricardo pidió reunión esa misma tarde en el despacho de su abogado en Polanco. Sofía aceptó ir sola.

—Ni se te ocurra acompañarme —me dijo en cuanto colgó—. Ese tipo de oficinas están diseñadas para intimidar. Sillones bajos, hombres caros, cuadros abstractos y café malo. Vas a quedarte aquí.

—Quiero verles la cara.

—Yo te la describo con lujo de detalle en la noche.

Le hice caso, aunque con rabia.

Pasamos la tarde a medio gas. Mi mamá hizo de comer por pura necesidad de sentir que algo en el mundo seguía su ritmo normal. Mi papá se puso a ordenar mis libros con un rigor casi militar. Eva se adueñó de mi cocina como si viviera ahí desde siempre. Y yo caminé del cuarto a la sala y de la sala a la cocina como una leona enjaulada.

A las seis y media sonó el timbre.

No era Sofía.

Era Álvaro otra vez.

VI

Esta vez no venía borracho. Venía deshecho.

No le abrimos, pero sí le hablé desde la puerta. Mi papá volvió a plantarse a un lado como una columna viva.

—Claudia —dijo apenas escuchó mi voz—. No voy a gritar, te lo juro. Sólo necesito que me escuches cinco minutos.