El sonido de los violines se me fue apagando en los oídos, como si alguien hubiera metido la fiesta entera debajo del agua. Un minuto antes yo estaba de pie frente al altar de aquella hacienda en San Ángel, con el velo cayéndome sobre los hombros y la mano de mi padre todavía tibia sobre mi brazo, convencida de que estaba entrando a una nueva vida. Un minuto después, todo se volvió un zumbido hueco, una punzada sorda detrás de las sienes, la certeza horrible de que algo se había roto para siempre y de que ese algo no era pequeño.
Todavía sentía el apretón cariñoso de mi papá, Manuel Reyes, cuando me entregó junto al sacerdote. Tenía los ojos brillosos, no de tristeza sino de orgullo, ese orgullo de los padres que han trabajado toda su vida para ver a su hija llegar lejos sin deberle nada a nadie. Mi mamá, Carmen, llevaba el vestido azul marino que escogimos juntas después de tres sábados recorriendo tiendas, tomándonos cafés, comparando telas, riéndonos de los precios absurdos de algunas boutiques. Mi hermana menor, Eva, había llorado en la misa como si yo me fuera al otro lado del mundo. Sofía, mi mejor amiga desde la primaria, había estado a mi lado toda la mañana, resolviendo emergencias, sosteniéndome el ramo, recordándome respirar.
Todo eso existía, sí, pero de pronto se volvió una postal vieja frente a lo que vi cuando entramos al salón del banquete.
La mesa principal, la nuestra, la que debía reunir a la gente que había hecho posible ese día, estaba ocupada por otras caras. Nueve, para ser exacta. Nueve personas que no eran mi familia. Nueve intrusos acomodados entre los centros de mesa de bugambilias blancas, las velas perfumadas y la vajilla de porcelana. Reconocí a varios con esa sensación amarga de familiaridad que dejan las reuniones de compromiso donde una sonríe por educación: la tía Mónica, especialista en chismes disfrazados de preocupación; un primo de Monterrey que sólo hablaba de inversiones; el compadre de don Ricardo de la Torre, que se reía como si el mundo le debiera una fiesta; una madrina lejana; un empresario barrigón que olía a loción cara y cigarro añejo. Nueve sillas, nueve reemplazos.
Y a unos metros de ahí, junto a la pista de baile, cerca de una columna decorada con luces cálidas y hojas de eucalipto, estaban mis papás.
No sentados todavía. De pie.
Mi mamá con las manos discretamente enlazadas, apretándose los dedos para contener el temblor. Mi papá erguido, inmóvil, con esa dignidad suya que siempre había sido más fuerte que cualquier traje caro. Ambos mirando al mesero que les hablaba en voz baja, señalando hacia unas mesas al fondo, al área donde iban los invitados menos importantes, los que podían quedar bien lejos sin que nadie se ofendiera demasiado.