—Ese ya no es mi problema.
Y en cuanto lo dije supe que era cierto.
No sonó cruel. Sonó sano.
En ese momento apareció otra voz en la escalera.
No era Estefanía esta vez, sino don Ricardo. Más sobrio, más peligroso.
—Álvaro. Basta.
No supe cuánto había escuchado. Lo suficiente, supuse.
—Señor Reyes —dijo a través de la puerta, con una educación rígida—. Señorita Claudia. Esto no ayuda a nadie.
Mi papá, que hasta entonces no había abierto la boca, respondió por primera vez.
—Lo que no ayudó a nadie fue lo que hicieron anoche.
Del otro lado, silencio.
—Tiene razón —dijo don Ricardo después de unos segundos—. No vengo a discutir eso. Vengo a recoger a mi hijo.
Escuché cómo lo ayudaba a levantarse.
Antes de irse, habló otra vez, ya más lejos, pero claro.
—Licenciada Mendieta y yo hemos llegado a un entendimiento preliminar. Les sugiero que confíen en ella. Buenas noches.
Se fueron.
Mi papá apoyó la frente un segundo en la puerta y luego se volvió hacia mí.
—Ese sí entiende cuando el fuego ya le llegó a la casa.
No alcanzamos a comentar más porque media hora después llegó Sofía con cara de haber tenido una sesión intensa de boxeo diplomático.