Sentí a mi papá tensarse a mi lado.
—Vámonos —dijo ella, más cerca—. Esa puerta no se va a abrir. Ya tomó su decisión. Una decisión vulgar, impulsiva y corriente, como cabía esperar.
No contesté. Quise abrir la puerta sólo para mirarla a los ojos y decirle que nunca, nunca iba a volver a decidir algo sobre mí. Pero no hizo falta. Mi silencio era muro.
—He dicho que te levantes —espetó ella.
Escuché forcejeo leve. Un zapato arrastrando. La voz humillada de Álvaro. La impaciencia venenosa de su madre.
—Esto no se va a quedar así —añadió ella antes de irse—. Tu abogada va a saber de nosotros. Y tú, Claudia, vas a entender el tamaño del error que cometiste.
Los pasos se alejaron por la escalera.
No corrí a la mirilla. No me interesó verlos irse.
Me dejé caer sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta. Mi vestido se desparramó a mi alrededor como una piel ajena.
Eva vino y se sentó conmigo sin decir nada. Apoyó la cabeza en mi hombro. Mi mamá nos cubrió con una cobija como si aún fuéramos niñas. Y Sofía, que seguía con el celular en la mano, soltó el aire.
—Perfecto.
La miramos.
—¿Perfecto?
—Perfecto —repitió—. Tengo a Álvaro reconociendo lo que pasó, llorando, diciendo que su mamá controla todo. Y a la señora amenazando con represalias. No me sirve en un juicio formal como prueba reina, pero sí me sirve para mostrar patrón, presión, hostigamiento y miedo. Además, les quedó clarísimo que no estamos solos.
Mi papá la miró como si acabara de descubrir una especie nueva.
—Muchacha, qué miedo das.
Sofía sonrió.
—Sólo cuando se meten con los míos, don Manuel.
Pedimos pizza porque nadie tenía fuerza para otra cosa. Nos la comimos en platos desechables, sentados en la sala, con las piernas dobladas, el maquillaje corrido y la ropa elegante convertida en disfraz de guerra. En cualquier otra circunstancia la escena habría sido cómica. Aquella noche fue sagrada.
A las dos de la mañana, cuando al fin me metí al baño, me miré al espejo.
El peinado hecho pedazos. La base cuarteada. Los labios deslavados. Los ojos rojos.
No vi una novia fracasada.
Vi una mujer que se había salvado a tiempo.
Me quité el vestido con una lentitud casi ritual. Costaba una fortuna. Lo había diseñado una amiga de Estefanía. Lo extendí un momento sobre la cama y lo observé. Tan bonito. Tan inútil. Tan cargado de una historia que ya no me pertenecía.
Lo doblé como pude y lo dejé en el piso.
Dormí poco y mal.
Pero dormí libre.
V
La mañana siguiente me encontró despierta antes del amanecer. La luz se metía por las persianas como una indiscreción grisácea. El departamento estaba en silencio, salvo por el murmullo de la televisión en la sala. Salí con mi bata y encontré a mi papá ya vestido, sentado muy derecho en el sillón, viendo las noticias con el volumen casi apagado.
Mi mamá dormía hecha bolita bajo una cobija. Eva roncaba en el sofá. Sofía no estaba; se había ido a su casa a bañarse y cambiarse, pero prometió volver a las ocho.
Entré a la cocina, puse café y me quedé mirando la cafetera como si de ella dependiera la reconstrucción de mi vida.
Mi celular, apagado desde la madrugada, parecía pesar kilos.
Cuando lo encendí, la avalancha fue inmediata.
Llamadas perdidas. Cincuenta y tres.
Mensajes. Ciento diecinueve.
Notificaciones de Instagram, Twitter, WhatsApp, correos. La boda ya no era un asunto privado. Era un animal suelto.
La primera llamada era de Álvaro. Luego de un número desconocido. Luego de la tía Mónica. Luego de una prima que apenas veía en Navidad. Luego de una reportera de espectáculos. Luego de un tal “Lic. Salcedo”, seguramente abogado de la familia. Luego mensajes. Algunos solidarios, otros morbosos, otros francamente miserables.