Otra vez silencio. Luego un golpe seco, quizá del puño contra la pared.
—¡Te amo!
—No sabes amar —contesté, y mi voz salió tan serena que me sorprendió—. Amar es respetar. Amar es poner el cuerpo. Amar es no permitir que nadie pisotee a la persona con la que decidiste estar. Tú no me amaste hoy. Hoy te protegiste a ti.
Del otro lado se escuchó un sollozo ahogado. Luego sus palabras llegaron partidas:
—No entiendes cómo es ella. Mi mamá… no entiendes. Nos controla a todos. A mi papá, a mí, a la empresa, a la casa. Si yo me le pongo enfrente, lo pierdo todo.
Ahí estaba la verdad desnuda.
No era amor.
Era miedo.
Miedo a quedarse sin herencia, sin apellido, sin sillón asegurado en el consejo de administración, sin acceso a la vida acolchonada que le habían montado desde niño.
—Pues ya lo perdiste —dije—. Sólo que no te has dado cuenta.
Hubo un rato largo en que sólo se escuchó su respiración desordenada. Yo ya estaba a punto de dar por terminada la conversación cuando otra voz apareció en el pasillo, afilada como cuchillo de cocina.
—Álvaro. Levántate. Haz el favor de no seguir haciendo el ridículo.
Doña Estefanía.