Nunca sobre mis papás.
Nunca sobre mí.
—Yo no te destruí —dije—. Tú te destruiste solo en el momento en que preferiste la comodidad a la dignidad. Lo que viste hoy fue la factura.
Se quedó callado.
Luego cambió la estrategia. Su voz se volvió más baja, más íntima. La voz que usaba conmigo cuando quería calmarme, envolverme, convencerme de que el mundo entero era exagerado y él era el único razonable.
—Podemos arreglarlo. Mira, el civil ni siquiera se ha firmado. Lo hablamos, pedimos disculpas, organizamos otra cena, lo que sea. Yo les pido perdón a tus papás. Nos vamos un tiempo. Nos alejamos de mi familia. Te juro que por ti hago lo que sea.
Cerré los ojos un segundo.
Por ti.
Cuántas veces me dijo eso en dos años. Y siempre era mentira. Nunca hizo algo realmente difícil por mí. Sólo cosas cómodas que no le costaban el privilegio.
—No quiero que hagas cosas por mí, Álvaro. Quería que hicieras lo correcto. Y no lo hiciste.
—Puedo cambiar —insistió.
—No. Puedes asustarte. No es lo mismo.