—Fue un error. Te juro que fue un error. Mamá… mamá se pasó horrible. Lo sé. Pero yo no quería eso.
—Y sin embargo pasó —dije—. Delante de ti. Y no hiciste nada.
—Sí hice, intenté…
—No. Me pediste que no dramatizara. Me dijiste que daba lo mismo. Que ya estábamos casados y que lo demás era accesorio.
Al otro lado hubo un golpe suave, como si hubiera dejado caer la frente contra la madera.
—Lo sé. Y no he dejado de escucharme diciendo eso. Soy un imbécil.
Mi mamá apareció detrás de mí, abrazándose a sí misma. Eva acababa de llegar y se quedó a unos pasos, callada, con el rimel corrido y los tenis puestos debajo del vestido de fiesta. Esa imagen, mi hermana lista para pelear en tacones y Converse, me sostuvo.
—No es suficiente, Álvaro.
—Déjame subir, por favor. Quiero verte. Quiero hablar contigo mirándote a los ojos.
—Yo te vi a los ojos hace unas horas, cuando tu mamá humilló a mis papás —respondí—. Y lo que vi no me gustó nada.
Su respiración cambió. Empezó a llorar. No disimuladamente. Llorar de verdad. Descompuesto.
Durante años pensé que el llanto de un hombre amado siempre rompería algo en mí. No fue así. Lo único que sentí fue cansancio.
—No me hagas esto —murmuró—. No me destruyas así.
Mi papá soltó un bufido por la nariz. Una mezcla de rabia e incredulidad.
Y entonces entendí algo fundamental: para Álvaro, incluso ese momento seguía siendo sobre él.
Su vergüenza. Su ruina. Su humillación.