Y con ella, la decisión que podía cambiar la vida de todos.
PARTE 3: LA PROMESA QUE SÍ SE CUMPLIÓ
Doña Rosa llegó a las cinco de la tarde.
Era una mujer pequeña, de cabello blanco y ojos claros, los mismos ojos del difunto Tomás, solo que cansados por el dolor. Apenas entró al salón, Mateo salió corriendo hacia ella y se le estampó contra la cintura. Lucía llegó después, más despacio, guardando la dignidad incluso en la tristeza.
La anciana abrazó a los dos al mismo tiempo y lloró sin pedir disculpas.
Santiago observó desde cerca de la puerta, dejando espacio, como si entendiera que algunas escenas eran demasiado sagradas para invadirlas.
Marco se colocó a su lado.
—Te vas a meter hasta el fondo, ¿verdad? —murmuró.
Santiago no respondió.
No hacía falta.
La denuncia falsa de Diana se convirtió en dos cargos penales antes del anochecer: abandono de menores y falsedad ante la autoridad. El abogado de Santiago había entregado al ministerio público cada documento, cada registro bancario y cada prueba de que la mujer llevaba meses planeando una vida nueva sin los niños.
Doña Rosa, sin embargo, tenía otro problema.
Podía amar a sus nietos con toda el alma, pero no podía sola con la carga económica, la cirugía y los años que se le venían encima.
Fue ella quien se acercó a Santiago después de calmar a los niños.
—Mi hijo me habló de usted una vez —dijo—. No me dijo su nombre. Solo me contó que había sacado a un hombre de un carro en llamas y que ese hombre quiso darle dinero. Tomás no aceptó.
La voz se le quebró apenas.
—Me dijo que esperaba que valiera la pena salvarlo.
Santiago sostuvo la mirada de la anciana.
No desvió los ojos.
—¿Qué necesita? —preguntó.
Doña Rosa tardó en responder.
—Necesito llevarlos a casa. Y necesito saber que estarán bien.
Santiago asintió.
—Eso puedo hacerlo.