La madrastra abandonó a los gemelos y subió a un avión; el jefe de la mafia lo presenció… ¿Qué sucede después…?

—¿Sí?

—Decía que un señor de manos grandes salió vivo porque él lo sacó.

Los ojos del niño bajaron a las cicatrices de sus nudillos, a la cadena dorada que asomaba en su cuello.

—¿Tú eres ese señor?

Santiago sintió que el mundo, por primera vez en mucho tiempo, le cobraba una cuenta exacta.

—Sí —respondió—. Tu papá me salvó la vida.

Mateo procesó la noticia con solemnidad. Luego puso a Capitán sobre la mesa, frente a Santiago.

—Él va a todos lados conmigo —explicó.

—Buen nombre.

Mateo tardó un segundo más antes de lanzar la pregunta que partió el aire.

—¿Tú también nos vas a dejar?

No hubo llanto en su voz. Solo esa practicidad devastadora de los niños que ya aprendieron a esperar el abandono como una costumbre.

Santiago bajó la mirada hacia él.

No podía prometer para siempre.
No todavía.

—Esta noche no —dijo.

Mateo asintió como si le hubieran entregado el mundo entero.

Susana observó la escena en silencio. Algo en su expresión cambió. Ya no veía a un hombre peligroso metido en un asunto ajeno.

Veía a dos niños que, por primera vez en mucho tiempo, habían encontrado a alguien que se quedaba.

Pero aún faltaba lo más difícil.

Porque la abuela venía en camino.