Porque cada vez que lo veía, algo distinto comenzaba a latirle en el pecho.
Los niños, como todos los niños, fueron los primeros en darse cuenta.
—Papá, ¿por qué hoy no estás con los vaqueros? —preguntó Tomás una tarde.
Santiago se aclaró la garganta.
—Porque un hombre debe saber qué están aprendiendo sus hijos.
Pero sus ojos fueron a dar a Clara, y ella sintió las mejillas calientes.
La calma se rompió el jueves.
Clara estaba en la cocina con Hortensia, cortando manzanas para un pay, cuando el sonido de unos cascos llegó como una amenaza. Rápido. Duro. Violento.
Luego una voz desde el patio:
—¡Clara! ¡Sé que estás ahí!
Se le heló la sangre.
No era Elías, pero conocía esa voz. Era Jacinto, uno de sus hombres. Un bruto obediente que hacía el trabajo sucio cuando Elías quería mantener limpias las manos.
Hortensia retrocedió, pálida.
—El patrón Treviño quiere hablar con usted —gritó Jacinto—. ¡Salga ahora mismo!
A Clara casi se le resbaló el cuchillo.
Pero entonces una mano grande cerró de golpe la ventana de la cocina.
Santiago ya estaba allí.
—¿Es uno de ellos?
Clara asintió.
Él abrió la puerta trasera y salió al patio con la misma calma con que otros hombres se sientan a cenar.
—¿Quién anda gritando en mi tierra? —preguntó.
Jacinto se movió incómodo sobre la montura.
—Vengo por la muchacha. El señor Treviño dice que debe regresar con él.
Santiago bajó los escalones despacio.
—Dile a Elías Treviño que Clara está bajo la protección de este rancho.
Jacinto soltó una risa insolente.
—Dice que ella le pertenece.
El aire pareció partirse.
Santiago dio otro paso. Su voz bajó tanto que se volvió más aterradora.
—Vas a decirle que si él, o cualquiera de sus hombres, vuelve a poner una sombra sobre su camino, no se las verá con el comisario. Se las verá conmigo.