La joven llegó al rancho con un moretón en el rostro, solo queriendo trabajar en paz. Pero cuando el hombre más poderoso de la región preguntó “¿Quién te hizo esto?”, todos los secretos comenzaron a derrumbarse. Y desde ese instante, su vida jamás volvió a ser la misma.
El moretón en la mejilla de Clara era de esos que ninguna mujer debería aprender a esconder.
Morado, inflamado, con la forma cruel de unos dedos hundidos en la piel. Ella había intentado cubrirlo bajándose más el sombrero de paja y caminando con el rostro apenas inclinado, como si el ángulo correcto pudiera borrar la vergüenza. Pero cuando llegó al porche ancho del Rancho El Encino, comprendió que no había forma de ocultarlo de unos ojos como los de Santiago Barragán.
Había caminado casi ocho kilómetros desde el pueblo bajo el sol seco del norte de México, levantando polvo con sus zapatos gastados. Cada paso le pesó como si llevara una piedra en el pecho. Solo quería llegar, dar clases a los niños, bajar la cabeza y conservar aquel trabajo. Necesitaba ese sueldo para sobrevivir. Necesitaba paz. Y la paz se había vuelto un lujo lejano desde hacía demasiado tiempo.
Levantó la mano para tocar el aldabón de hierro, pero la puerta se abrió antes.
Santiago Barragán llenó el marco como si estuviera hecho de la misma tierra del rancho: alto, ancho de hombros, firme, con la camisa arremangada y el rostro curtido de un hombre que sabía trabajar y mandar. No alzaba nunca la voz sin motivo, y precisamente por eso, cuando hablaba, todos escuchaban.
Sus ojos se clavaron en la cara de Clara.
Ella giró apenas, demasiado tarde.
La mandíbula de Santiago se endureció.
—Mírame, Clara.