Lupita se frenó en seco.
—¿Se lastimó?
Santiago se movió de inmediato. Se puso frente a Clara, cubriéndola.
—Tuvo un pequeño accidente —dijo con calma—. Ya está bien. Vayan a preparar sus pizarras.
Los niños obedecieron, aunque voltearon varias veces con inquietud.
Cuando desaparecieron por el corredor, Santiago volvió hacia ella.
—Después de clase, en mi despacho. Vamos a hablar de esto.
Durante la siguiente hora, Clara apenas pudo sostener la tiza. Las manos le temblaban tanto que Tomás le preguntó si tenía frío. Cuando llegó la señora Hortensia, el ama de llaves, para relevarla, Clara caminó hasta el despacho con las piernas flojas.
Santiago estaba de pie junto a la ventana. Detrás de él se extendían los cerros color cobre y los potreros brillando bajo la tarde.
—Siéntate —dijo.
Clara obedeció.
—Ya mandé a dos hombres al pueblo —anunció él—. Desde hoy no vas a salir de este rancho sola. Si necesitas ir a algún lado, irás acompañada. Si necesitas cualquier cosa, me la pides a mí o a Hortensia.
Ella parpadeó, abrumada.
—No puedo pedirle tanto, don Santiago.
Él se acercó y, para su sorpresa, se agachó frente a ella hasta quedar a su altura.
—No me lo pediste —respondió—. Tú cuidas a mis hijos. Y yo no dejo que lastimen a alguien que me importa.
Las palabras la tocaron de un modo que le dolió. Llevaba semanas sintiéndose pequeña, perseguida, sola. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió vista.
Aquella noche durmió sin despertarse sobresaltada.
A la mañana siguiente, el rancho tenía otro aire. No era más amable ni más ligero, pero sí más seguro. Dos de los hombres de más confianza de Santiago, Julián el Tuerto y Mateo Rojo, recorrían los linderos desde el amanecer. No hacían preguntas. Solo vigilaban.
Clara siguió dando clases en la sala grande. Tomás batallaba con las multiplicaciones. Lupita dibujaba letras redondas con una concentración casi feroz. La vida intentaba seguir como si nada pasara, pero cada vez que Clara levantaba la vista encontraba a Santiago cerca: junto a la puerta, en la galería, fingiendo revisar una silla rota o el fuego de la cocina. Siempre atento. Siempre vigilando que ella estuviera bien.
Y eso era peligroso también.