Jacinto perdió el valor en los ojos. Tiró de las riendas y se marchó levantando una nube de polvo.
Santiago entró de nuevo como si nada hubiera pasado.
—Hoy no volverá —dijo.
Eso fue todo lo que Clara soportó.
El miedo acumulado durante semanas se deshizo dentro de ella. Le tembló el cuerpo entero. Un sollozo se le escapó antes de poder frenarlo.
Santiago cruzó la cocina en dos zancadas y la abrazó.
Fuerte. Cálido. Seguro.
Clara escondió la cara contra su pecho y se aferró a la tela de su camisa como si fuera la única cosa firme que quedaba en el mundo.
—Ya pasó —murmuró él, pasándole una mano por la espalda—. Estás a salvo.
Y por primera vez, Clara creyó en la promesa de un hombre.
Pero Elías Treviño no había terminado.
Esa noche, cuando la casa dormía y el viento golpeaba suave las ventanas, Clara subía la escalera después de revisar a los niños por última vez. Llevaba el cabello suelto y una extraña paz le rozaba el corazón.
Entonces escuchó el estruendo.
Botas en el porche. Voces. Un golpe brutal en la puerta.
—¡Suéltenme! ¡Tengo derecho! —gritó una voz que ella habría reconocido aun en mitad de una tormenta.
Elías.
Clara se quedó helada en lo alto de la escalera.
La puerta principal estaba abierta. Julián y Mateo Rojo forcejeaban con un Elías borracho, desencajado, con la ropa desordenada y la rabia ardiéndole en los ojos. Unos pasos más allá, inmóvil como un muro antes del derrumbe, estaba Santiago.
—¿Crees que puedes esconderla de mí? —escupió Elías—. ¡Clara es mía!
Santiago avanzó despacio.
—Clara nunca fue tuya.
Elías levantó la vista y la vio arriba, junto al barandal. Sonrió con una mueca enferma.
—¡Esto no se acaba aquí! ¡Vas a volver conmigo!
Clara sintió que las rodillas se le doblaban.
Santiago subió las escaleras de dos en dos y la alcanzó antes de que cayera. La sostuvo contra él.
—Respira —le dijo al oído—. Te tengo.