…la hacían dudar de todo.

—Es una anciana —respondió Patricia—. No un problema.

Se giró.

Fue hacia su abuela.

Se arrodilló frente a ella.

—Abuela… ya sé todo.

Doña Rosa lloró.

En silencio.

Como siempre.

—No quería que te preocuparas…

Patricia tomó su rostro con cuidado.

—Nunca más te vas a quedar sola con alguien que te haga daño.

La policía llegó minutos después.

Doña María fue retirada.

Sin excusas.

Sin segundas oportunidades.

Días después, la casa era distinta.

Más tranquila.

Más segura.

Patricia se sentó junto a su abuela.

—¿Por qué no me dijiste?