…la hacían dudar de todo.

Doña Rosa sonrió débilmente.

—Porque pensé que ya habías sufrido suficiente en la vida.

Patricia apretó su mano.

—Y tú pensaste que tenías que sufrir sola.

Silencio.

—Eso se acabó.

Esa noche, Patricia se quedó a dormir allí.

En el sillón, cerca de la mecedora.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Doña Rosa durmió tranquila.

Sin miedo.

Sin golpes.

Sin silencio obligado.

Porque a veces…

la verdad duele.

Pero es lo único que puede detener lo que nadie ve.

Y Patricia entendió algo que nunca olvidaría:

El amor no es solo cuidar.

Es también…

atreverse a descubrir lo que duele…

para poder detenerlo.