Manos temblando.
Corazón desbordado.
Porque la persona que su abuela había defendido…
era quien la estaba lastimando.
No esperó.
No dudó.
Salió de su casa en ese mismo instante.
Condujo como si el tiempo no existiera.
Cuando llegó, no tocó.
Entró.
La casa estaba en silencio otra vez.
Pero ahora sabía la verdad.
—¡DOÑA MARÍA! —gritó.
La mujer apareció desde el pasillo, sobresaltada.