…la hacían dudar de todo.

Frío.

Cansado.

—Otra vez levantada —murmuró con molestia.

Doña Rosa tembló.

—No podía dormir…

La voz de la anciana era pequeña.

Como la de una niña.

—Siempre lo mismo —respondió doña María.

Se acercó.

Demasiado rápido.

—¡Si no duermes, mañana no caminas! ¿Quieres caerte otra vez?

—No… no…

Doña Rosa intentó levantarse.

Pero no pudo.

Y entonces…

pasó.

Doña María la agarró del brazo.