Exactamente dos meses después del incidente del coche.
Había ido a recogerme después de un examen final.
Esta vez sí verifiqué las placas.
Subí.
Me miró.
—¿Siempre revisas ahora?
—Aprendí la lección.
Condujimos unos minutos en silencio.
Hasta que habló.
—Camila, quiero algo más que una asistente eficiente.
Mi respiración se detuvo.
—Eso es una pésima idea.
—Probablemente.
—Tu mundo y el mío…
—No me importa.
Su voz no tembló.
La mía sí.
—A mí me da miedo.
Frenó suavemente frente al semáforo en rojo.
Se giró hacia mí.
—A mí me dio miedo el día que te subiste a mi coche. Porque en veinte minutos dormida hiciste algo que nadie había hecho en años.
—¿Qué?
—Hiciste que mi vida se sintiera menos vacía.
Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
—No soy un proyecto, Alejandro.
—Lo sé.
Me tomó la mano.
Esta vez sin fingir profesionalismo.
—Te quiero en mi vida. No como asistente. Como mujer. Como compañera. Como alguien que pueda discutir conmigo, burlarse de mí y decirme cuando estoy siendo un idiota.
Reí entre lágrimas.
—Eso lo puedo hacer gratis.
—No —respondió suavemente—. Prefiero pagarlo con amor.
El semáforo cambió.
Pero nadie tocó el claxon.
Porque no estábamos en movimiento.