Estábamos decidiendo.
Y por primera vez en mucho tiempo, elegí no tener miedo.
—Está bien —susurré—. Pero despídeme formalmente.
Alzó una ceja.
—¿Perdón?
—No voy a salir con mi jefe.
Se rió.
Esa risa que me hizo cosquillas la primera noche.
—Entonces, señorita Torres…
Sacó una hoja de la guantera.
—Queda oficialmente promovida a socia estratégica de mi vida.
Rodé los ojos.
—Eso fue terrible.
—Pero funcionó.
Y me besó.
Suave. Lento. Real.
No eléctrico.
No explosivo.
Seguro.
Un año después
La fuente de la casa seguía sonando igual.
Pero yo ya no me sentía fuera de lugar.
Valeria terminó la universidad.
La señora Ramírez ahora me daba consejos como si fuera su hija.
Yo terminé mi carrera.
No dejé de trabajar.
Pero ahora dormía más de cuatro horas.
Alejandro no dejó de ser intenso.
Pero ahora reía más.
Una tarde, mientras tomábamos café en el jardín, me miró con esa expresión que ya conocía.
—¿Te arrepientes de subirte al auto equivocado?
Lo pensé.
Si hubiera revisado las placas…
Si hubiera sido menos imprudente…
Si hubiera dormido más…
Negué con la cabeza.
—Fue el error más correcto de mi vida.
Sonrió.
—Entonces creo que debo mantener siempre un minibar en el coche.
Reí.
Y apoyé mi cabeza en su hombro.
Porque a veces los errores no son accidentes.
Son puertas disfrazadas de caos.
Y esa noche, en lugar de entrar en el Uber correcto…
Entré en mi destino.