—Eso es lo que más me asusta —susurró—. Que alguien se quede… y luego se vaya.
No pensé.
Solo respondí.
—Yo no soy de irme.
Fue la verdad más honesta que había dicho en meses.
El obstáculo llegó como siempre llegan estas cosas: inesperado y ruidoso.
Un portal de noticias publicó fotos nuestras saliendo juntos de una cena de trabajo.
El titular insinuaba algo más.
Redes sociales explotaron.
“¿Relación con empleada?”
“¿Escándalo en Castellanos Group?”
Yo quise renunciar.
Entré a su oficina con la carta escrita.
—Esto te está afectando —le dije—. No quiero ser un problema.
La rompió en dos sin siquiera leerla.
—Tú no eres el problema.
—Tu reputación…
—Que hablen —interrumpió—. No me importa lo que digan.
Me acerqué a la ventana para no mirarlo.
—A mí sí.
Sentí su presencia detrás.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Camila… mírame.
Lo hice.
—No eres un error. No eres un impulso. Y no eres caridad.
Su voz bajó.
—Eres la mejor decisión que he tomado en años.
Mi corazón olvidó cómo latir correctamente.
—Eso ya no suena profesional.
Sonrió, pero esta vez sin sarcasmo.
—Quizá nunca lo fue.
El punto sin retorno ocurrió en el mismo lugar donde empezó todo.
La biblioteca.