“Lo siento señorita Torres”, dijo el ejecutivo bancario evitando su mirada. “Su solicitud ha sido rechazada.” “¿Rechazada?”, preguntó Daniela desconcertada. “Mi historial crediticio era perfecto hasta hace unas semanas. El hombre bajó la voz.
Hay una alerta en el sistema financiero. Aparentemente está bajo investigación por posible fraude corporativo. Daniela sintió que le faltaba el aire. Mauricio no solo estaba manchando su nombre en la empresa, estaba acercándola sistemáticamente, cortando cada posible vía de escape.
Por la noche, en la reunión con su abogado, las noticias fueron agridulces. El caso del préstamo es sólido, explicó el licenciado Mendoza. Tenemos pruebas concretas de que usted estaba en Guadalajara el día que supuestamente firmó, pero siempre había un pero.
La denuncia por difamación es más complicada. Necesitamos pruebas tangibles de que él está esparciendo estos rumores deliberadamente. Daniela pensó en el curso, en el banco, en las miradas esquivas que recibía incluso de excolegas cuando se los cruzaba por la calle.
Y si consigo que lo diga explícitamente, si lo grabo el abogado la miró con cautela. Sería admisible, siempre que la grabación se realice en un lugar público donde no haya expectativa de privacidad.
Pero es arriesgado. Este hombre parece peligroso. Al salir del despacho, Daniela notó un auto oscuro estacionado al otro lado de la calle. El mismo que había visto el día anterior cerca del café y el día anterior a ese cerca de su apartamento.
La estaban vigilando. Al llegar a casa, las paredes parecieron cerrarse a su alrededor. La presión era demasiada. La difamación, la deuda, la vigilancia. Cada frente en el que intentaba avanzar, Mauricio ya había colocado obstáculos.
Se desplomó en el sofá, dejando que el peso de todo finalmente la aplastara. Por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, Daniela lloró sin restricciones. No eran lágrimas de tristeza por un amor perdido.
Eran lágrimas de rabia, de frustración, de impotencia. Su teléfono sonó, lo ignoró, volvió a sonar y otra vez finalmente lo tomó. Era Elena. No vas a creer lo que acabo de escuchar, exclamó sin saludar.
Estaba en el baño cuando entraron Renata y su amiga Victoria. No me vieron en el cubículo. Mauricio está prácticamente seguro de que será nombrado director de operaciones internacionales en el evento anual.
Ya está presumiendo de ello. Daniela cerró los ojos. La promoción, el ascenso que coronaría su farsa, el premio a sus mentiras y manipulaciones. Dani, ¿estás ahí? Insistió Elena. Sí, respondió con voz débil.
Estoy aquí. ¿Estás llorando? La preocupación en la voz de su amiga era evidente. Voy para allá. No, cortó Daniela. Necesito estar sola esta noche. Después de colgar, se miró al espejo del baño.
Su rostro estaba hinchado por el llanto, ojos enrojecidos, labios temblorosos, la imagen de la derrota. “Mauricio gana otra vez”, pensó amargamente. Como siempre, el timbre sonó sobresaltándola. Elena había ignorado su petición o era alguien más.