Yo tenía siete años y ya sabía distinguir el hambre del miedo, aunque a veces se parecieran tanto que dolían en el mismo lugar. El hambre era un hueco rabioso que me mordía por dentro. El miedo, en cambio, era una mano helada apretándome la garganta hasta dejarme sin aire. Aquella noche sentía las dos cosas al mismo tiempo.
La casa olía a humo húmedo, a leña recién encendida y al caldo espeso que hervía sobre la estufa de fierro. Afuera, el pueblo de Valle del Viento desaparecía detrás de una tormenta brutal de enero. Adentro, Braulio fumaba junto a la mesa, con la mirada perdida en la pared, como si ni la lluvia ni yo ni la vida entera tuviéramos nada que ver con él. Ignacia revolvía la olla con una cuchara de madera, resoplando cada vez que el vapor le golpeaba la cara.
—No te acerques —me había dicho antes, sin siquiera voltearme a ver.
Pero llevaba dos días comiendo apenas una tortilla vieja remojada en café negro. Dos días escuchando mi estómago crujir como si adentro tuviera ramas secas rompiéndose. Dos días viendo cómo ellos apartaban la carne buena para sí mismos y me dejaban el fondo aguado del caldo o, peor todavía, nada.
Esperé hasta que Ignacia salió al patio techado por más leña. Vi la cuchara recargada en el borde de la olla. Vi un pedazo de carne flotando cerca de la superficie. Vi la espalda inmóvil de Braulio envuelta en humo. Y pensé, con esa lógica feroz que solo tiene un niño hambriento, que si lograba tomar un trocito rápido tal vez nadie se daría cuenta.
Metí la mano temblorosa.
No alcancé a tocar la carne.
Sentí primero el empujón, seco, brutal, directo en la espalda. Luego el mundo se inclinó. Mi cuerpo salió disparado hacia delante y el brazo derecho chocó contra el costado ardiente de la estufa a leña. La piel siseó. No sé si fue de verdad o si mi memoria inventó ese sonido, pero juraría que la escuché quemarse. Un dolor blanco, insoportable, me subió desde la mano hasta el hombro y me dejó ciega por un instante.
Abrí la boca para gritar.
No salió nada.
Caí de rodillas. Quise apartarme, pero Ignacia me agarró del cuello de la blusa con una fuerza que me hizo sentir menos que una gallina flaca a punto de ser degollada.
—Mira lo que me obligas a hacer, escuincla inútil —escupió sobre mí.
Levanté la vista hacia Braulio. Él me miró a través de la nube de cigarro, sin mover un solo dedo. Ni uno. Sus ojos no mostraban rabia, ni lástima, ni sorpresa. Solo fastidio. Como si yo fuera una gotera, una silla rota, un problema que alguien debía sacar a la calle.
Ignacia abrió la puerta de madera de un tirón. El viento entró como un animal furioso, azotando las cortinas y apagando casi por completo la llama del quinqué.
—Una boca menos que alimentar —dijo.
Y me aventó a la tormenta.
Caí de espaldas sobre el lodo endurecido y la nieve sucia del patio. La puerta se cerró con un golpe que todavía, muchos años después, sigo escuchando en sueños. Me levanté como pude, sosteniéndome el brazo quemado contra el pecho. Lloré sin sonido. Siempre lloraba así. Mis lágrimas salían, mi pecho temblaba, pero mi garganta se quedaba cerrada como un candado oxidado.
Golpeé una vez la puerta. Luego otra.
Nadie abrió.
A través de una rendija vi la sombra de Ignacia pasar frente al fogón. Vi la luz tibia. Vi el calor que no era para mí. Y entendí, con la crueldad limpia con la que entienden los niños, que si me quedaba allí me iba a morir antes del amanecer.
Empecé a caminar.
No llevaba zapatos. Solo unos calcetines mojados, rotos en los dedos. La nieve me mordía las plantas de los pies. El viento me cortaba la cara. Mi brazo derecho latía con un dolor tan vivo que por momentos me mareaba. Crucé la calle principal del pueblo, desierta, con las láminas de los techos rechinando bajo la tormenta. Pasé frente a la capilla cerrada, frente a la tienda del señor Merino, frente a la plaza vacía donde durante las fiestas patrias colgaban papel picado y vendían buñuelos. Aquella noche todo parecía abandonado por Dios.
No iba hacia ningún sitio. Solo me alejaba de la casa.
Mis piernas me llevaron, sin que yo lo pensara mucho, hasta el vertedero de chatarra a las afueras del pueblo. Era un lugar donde a veces encontraba pedazos de cartón, latas medio útiles o trapos que Ignacia me obligaba a recoger para vender por unas monedas. Entre montones de metal oxidado descubrí un viejo tambor acostado de lado. Me metí adentro como un animal herido buscando madriguera y abracé mi brazo.
La fiebre empezó antes del amanecer.
El primer día pensé que quizá Ignacia se arrepentiría y saldría a buscarme. El segundo, ya no pensé nada. Solo temblé. La quemadura se había hinchado y cada respiración me dolía. El tercer día mi cuerpo dejó de sentir bien el frío. Eso fue lo más aterrador. Ya no me castañeteaban los dientes. Ya no me ardían los pies. Era como si me estuviera apagando despacito.
Recuerdo el cielo gris detrás de los montones de chatarra. Recuerdo el olor a óxido, a cartón mojado y a perro callejero. Recuerdo haber pensado, con una claridad que no correspondía a una niña de siete años, que yo no quería morirme sin saber lo que se sentía tener una mamá de verdad.
Moví la mano izquierda entre unos cartones húmedos buscando algo para cubrirme el brazo. Mis dedos tocaron un papel duro, arrugado, pegado por la humedad. Lo saqué. Era un cartel impreso a color, maltratado por la lluvia, pero todavía legible. Me arrastré hasta el borde del tambor para acercarlo a una farola lejana.
Entonces la vi.
La niña del cartel tenía más o menos mi edad. Llevaba un poncho rojo tejido y sonreía con una dulzura tan limpia que dolía mirarla. No se parecía a nadie de Valle del Viento. No tenía los ojos apagados ni la postura encogida de los niños del pueblo. Parecía una niña nacida para ser besada en la frente antes de dormir.
Bajo la fotografía se leía: BUSCAMOS A SOLANA.
Seguí leyendo, moviendo los labios porque me costaba comprender tan de prisa.
Tiene un lunar oscuro detrás de la oreja derecha y una pequeña marca de nacimiento en el antebrazo izquierdo.
Mi corazón dio un tirón.
Me palpé detrás de la oreja. Ahí estaba el lunar. Uno que Ignacia había llamado siempre “mancha de bruja”. Luego miré mi antebrazo izquierdo bajo la costra de mugre. Froté con saliva. La marca apareció, tenue, pero inconfundible, como una nubecita alargada.
Sentí una cosa extraña. No alegría. No todavía. Más bien vértigo.
Busqué entre la basura un trozo de espejo roto. Al inclinarlo hacia la luz, vi mi cara sucia, demacrada, con los labios partidos y las ojeras moradas. Pero también vi los mismos ojos del cartel. Las mismas cejas. La misma forma de la frente.
Abajo, en letras grandes, estaba el número telefónico. Y una recompensa que para mí no significaba nada. El dinero era una idea lejana. Yo solo entendía otra cosa: si de verdad era esa niña, había alguien buscándome. Alguien que tal vez no me golpearía por tocar una olla. Alguien que quizá, solo quizá, me daría sopa sin insultos.
Rebusqué en el bolsillo escondido de mi pantalón. Ahí guardaba mi tesoro más importante: una moneda de un peso, sucia, gastada, que me habían dado unas semanas antes por cargar leña. La cerré tan fuerte dentro del puño que me dejó la marca en la palma.
Salí del tambor tambaleándome.
La cabina telefónica estaba frente a la oficina de correos, a unas calles del centro. El trayecto me pareció eterno. Más de una vez caí de rodillas en la nieve. Más de una vez pensé en volver al tambor y dejarme dormir. Pero seguí avanzando, arrastrando la pierna derecha y apretando el cartel contra el pecho como si fuera una estampita milagrosa.
Cuando llegué, la cabina estaba desierta y el vidrio roto dejaba entrar el viento. Tuve que apilar dos ladrillos para alcanzar la ranura. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae la moneda. Al final la metí. Escuché su golpe metálico caer dentro del aparato. Marqué el número con la uña morada del índice.
Un tono.
Dos tonos.
Al tercero, una mujer contestó.