le dio consejos finales sobre cómo sobrevivir en el nuevo sector, que ya había aprendido las reglas básicas y debía confiar en su instinto, que siguiera escribiendo canciones porque eso lo mantendría acuerdo. Alberto escuchó cada palabra con lágrimas en los ojos, queriendo agradecerle, pero don Roberto no podía quedarse mucho tiempo sin levantar sospechas. Le dijo algo que el muchacho nunca olvidaría. Algún día vas a salir de aquí y vas a grabar esas canciones. Y cuando estés en un escenario frente a miles de personas, acuérdate que sobreviviste a lo peor.
Se alejó rápidamente, continuando su ronda sin mirar atrás. Alberto pasó los siguientes 14 meses en el nuevo pabellón aplicando todo lo que don Roberto le había enseñado sobre cómo moverse en Lecumberry sin llamar la atención. mantenía la cabeza baja, evitaba conflictos, componía sus canciones en silencio durante las noches, escribiendo letras en los pedazos de papel que conseguía. Ocasionalmente veía a don Roberto de lejos durante los cambios de turno de vigilancia, pero ya no podían hablar porque los guardias tenían prohibido fraternizar con presos de otros sectores.
En junio de 1971, su suerte cambió cuando Ofelia Urtusu de Puentes, esposa del director del penal, hizo una visita de inspección y escuchó a Alberto cantando en el patio. Ella quedó tan impresionada que habló con su esposo el general Andrés Fuentes Vargas, quien ordenó una revisión del caso. Descubrieron que la acusación había sido hecha sin pruebas sólidas y que el proceso había estado lleno de irregularidades. Contactaron a la cantante Enriqueta Jiménez la Prieta Linda, quien aceptó pagar la fianza de 100 pesos para liberarlo después de conocerlo y escuchar su talento.
El día que Alberto salió del Ecumberry en julio de 1971, buscó a don Roberto por todo el penal para despedirse antes de irse. Preguntó a otros guardias por él y le dijeron que estaba en su turno en la torre de vigilancia norte. Alberto esperó cerca de la salida hasta que vio a don Roberto bajando para su descanso y se acercó rápidamente. Le agradeció en voz baja por haberle salvado la vida durante esos primeros meses cuando estaba completamente perdido y aterrado.
Don Roberto miró alrededor asegurándose de que nadie los observara con demasiada atención y le dijo que fuera a cumplir su sueño de ser cantante, que grabara esas canciones que había escrito en la oscuridad. le hizo prometer que nunca olvidaría de dónde venía y que si algún día llegaba al éxito usara su voz para ayudar a otros. Alberto prometió que jamás olvidaría lo que don Roberto había hecho por él. Se despidieron con un apretón de manos discreto, sin intercambiar direcciones ni teléfonos, porque en ese entonces ninguno imaginaba que el muchacho flaco y asustado se convertiría en una superestrella.
25 años pasaron desde aquella despedida en Lecumberry. Alberto Aguilera se convirtió en Juan Gabriel, el divo de Juárez, llenando estadios y vendiendo millones de discos en todo el mundo. Había cantado en el Palacio de Bellas Artes rompiendo barreras culturales. Había compuesto para los artistas más importantes de México. Había ganado reconocimientos internacionales, pero nunca olvidó al guardia de cabello gris que lo protegió cuando era un muchacho aterrado en prisión. En varias ocasiones durante los años 80 había intentado buscarlo contactando a exguardias de Lecumberry, pero nadie sabía dónde vivía don Roberto después de jubilarse.