Juan Gabriel DETUVO la Canción a Mitad del Show Cuando vio a un Anciano que lo Protegió en Prisión…

explicó que cuando despertó la dueña de la casa, lo acusó del robo y que su amante, que era judicial, lo arrestó sin investigar nada, que no tenía dinero para abogado, que su madre estaba en Juárez sin recursos para ayudarlo, que había sido sentenciado a 3 años sin pruebas reales. Don Roberto escuchó cada palabra estudiando el rostro del muchacho y después de 23 años trabajando ahí, había desarrollado instinto para distinguir a los verdaderos criminales de los inocentes. Esa misma noche, don Roberto usó favores que le debían otros guardias para transferir a Alberto a una celda en el sector más seguro del dormitorio H, lejos de los presos más violentos.

Le consiguió papel y un lápiz gastado para que pudiera escribir. Le llevó pan extra de su propia comida cuando veía que el muchacho no comía por miedo. Durante las siguientes semanas se convirtió en su protector silencioso, interviniendo cuando otros guardias querían cobrarle mordidas que no podía pagar. Alberto pasaba las noches escribiendo letras de canciones usando la música como única forma de mantener la cordura en medio del caos. Una noche, don Roberto lo escuchó cantando en voz baja en su celda y se acercó encontrándolo con los ojos cerrados tarareando una melodía.

La canción hablaba sobre tener dinero, pero tener amor para dar, sobre ofrecer el corazón cuando las manos están vacías. Don Roberto se quedó escuchando con lágrimas formándose en sus ojos, porque en 23 años trabajando en ese lugar de desesperación, nunca había escuchado algo tan hermoso salir de una celda de Lecumberry. Don Roberto protegió a Alberto durante los primeros 4 meses, que fueron los más peligrosos, porque los presos nuevos eran siempre los más vulnerables en Lecumberry. Hubo una noche en que tres internos entraron a su celda con intención de robarle sus escasas pertenencias, pero don Roberto apareció justo a tiempo, amenazándolos con reportarlos al director.

Hubo otra ocasión en que Alberto cayó enfermo con fiebre alta y don Roberto consiguió medicinas del botiquín del penal sin que nadie se diera cuenta. Le enseñó reglas de supervivencia básicas. Nunca mirar directamente a los ojos a los presos peligrosos. Nunca hablar de su vida antes de la cárcel. Nunca mostrar debilidad aunque estuviera destrozado por dentro. Alberto aprendió rápido porque entendía que un solo error podía costarle mucho en ese lugar. Don Roberto nunca le cobró nada por su ayuda cuando otros guardias vendían hasta el agua potable a precios abusivos.

Lo hacía porque veía en ese muchacho asustado un talento genuino que no merecía ser destruido por un sistema corrupto e injusto. En febrero de 1971, las autoridades del penal reorganizaron los dormitorios y Alberto fue transferido a otro pabellón como parte de los movimientos regulares de internos. Don Roberto intentó usar sus contactos para evitar la transferencia, pero el orden venía directamente del director y no había forma de cambiarlo. La noche anterior al traslado, don Roberto pasó discretamente por su celda durante su ronda nocturna y le habló en voz baja a través de los barrotes.