Esta vez no hubo cámaras cerca.
No hubo discursos.
No hubo música.
Solo una mujer agotada y un hombre al que le habían robado casi todo.
Mateo se acercó despacio.
Como si temiera que al tocar a su hijo todo fuera a deshacerse.
Clara lo miró con lágrimas contenidas.
—Perdóname —susurró—. Por no ver. Por no saber. Por no poder salvarte antes.
Mateo negó con la cabeza.
—No me fallaste tú.
Le tembló la boca al decirlo.
Después puso la mano en la mejilla de Clara y apoyó la frente en la de ella.
Leo hizo un ruidito suave entre ambos.
Y entonces Mateo lo tomó otra vez en brazos.
Sin esposas.
Sin custodios.
Sin jueces.
Sin un minuto prestado.
Leo lo miró con esos ojos oscuros, demasiado grandes para un bebé tan pequeño, y estiró los dedos hasta engancharle la camisa en el pecho.
Mateo soltó una risa rota.
La primera en mucho tiempo.
—Hola, hijo —susurró—. Ahora sí.
Clara empezó a llorar.
Pero esta vez no de miedo.
Detrás de ellos, las puertas del penal se cerraron con estruendo.
Adentro quedaba el eco de la injusticia.
Afuera, bajo una mañana gris que empezaba a abrirse, quedaban ellos tres.
No intactos.
No ilesos.