Tomás Vera no había muerto el mismo día.
Había aguantado dos semanas escondido.
Dos semanas grabando archivos, copiando documentos y reuniendo lo que podía mientras veía cómo cerraban el cerco sobre Mateo.
El día antes del veredicto logró acercarse a Clara afuera del hospital.
No se atrevió a hablarle de frente.
Solo se cruzó con una enfermera de limpieza, una mujer mayor llamada Amalia, y le suplicó que cosiera la memoria en la manta azul del bebé.
—Solo llegará a sus brazos si el juez le permite tocar al niño —le había dicho.
—¿Y si no se lo permiten?
—Entonces nadie sabrá la verdad.
Amalia aceptó llorando.
A la mañana siguiente dejó la manta en la sala de maternidad como si fuera una más entre tantas.
Horas después, Tomás apareció muerto dentro de un coche incendiado en las afueras de la ciudad.
Vicente creyó haber enterrado la última amenaza.
No contó con que un hombre condenado, al cargar a su hijo por un minuto, notaría hasta la más mínima costura extra.
Porque un padre sí sabe cuándo algo toca a su bebé donde no debería.
La libreta roja apareció en la casa de Valle Escondido.
Con nombres.
Fechas.
Pagos.
Policías, testigos, peritos.
Toda una maquinaria podrida.
Las capturas llegaron una tras otra.
El inspector Ledesma.
El testigo Cifuentes.
El abogado de oficio que dejó morir el caso.
Dos auxiliares judiciales.
Un médico forense.
La red era tan grande que durante semanas no se habló de otra cosa.
Y en medio del caos, Mateo salió libre.
No con un perdón elegante.
No con una disculpa digna.
Salió pálido, flaco, con ojeras nuevas y una cicatriz en la ceja que no tenía antes del juicio.
Pero salió.
Clara lo esperaba afuera del penal preventivo al que lo habían trasladado mientras anulaban la sentencia.
Llevaba a Leo en brazos.