Mateo cerró la mano sobre el pequeño objeto y giró el cuerpo para cubrir a Leo con el pecho, como si de pronto la mayor amenaza en esa sala no fuera la condena… sino la gente que acababa de mirarlo durante semanas sin ver nada.
—¡No se acerquen! —rugió Clara, con una fuerza que nadie le había oído en todo el juicio.
La jueza golpeó el estrado.
—¡Orden! ¡Custodios, aseguren al menor ahora mismo!
Pero ya era tarde.
Mateo había deslizado el objeto entre los dedos esposados y logró sacarlo por completo de la manta. Era una memoria diminuta. Un microdispositivo negro, casi invisible, envuelto con cinta transparente y cosido en el borde interior del forro azul.
No era un accidente.
No podía serlo.
Vicente Aranda dio un paso hacia atrás.
Solo uno.
Pero en un hombre como él, acostumbrado a dominar habitaciones enteras con una mirada, ese paso fue un derrumbe.
Mateo alzó la memoria.
—Esto no estaba aquí por casualidad —dijo, con la voz más firme que en todo el juicio—. Alguien sabía que yo iba a cargar a mi hijo hoy.
La sala explotó en murmullos.
La jueza miró a los secretarios, a los custodios, al fiscal.
—Que nadie salga —ordenó—. Cierren las puertas. Ahora.
Los guardias obedecieron.
El chasquido metálico de los cerrojos hizo que el aire se volviera más pesado.
Clara estaba blanca.
No por miedo a Mateo.
Por otra cosa.
Por una memoria que ella juraba no haber visto nunca y que había viajado pegada al cuerpo de su hijo de siete días.