—¿Ya descubrió lo que hacía esa mujer?
Roberto la miró distinto esa vez.
—Sí. Estaba ayudando a mi hijo a vivir.
Cerró la puerta sin darle más explicación.
Un mes después, el pediatra notó avances.
—No es milagro —dijo el especialista—. Es trabajo constante.
Trabajo.
No lástima.
No encierro.
Roberto comprendió que su miedo había sido una prisión más dura que cualquier diagnóstico. Había protegido tanto a su hijo que casi lo condena a no intentarlo jamás.