—La música lo estimula. La risa activa músculos que no sabía que tenía. No se burla de él, señor… lo reta.
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier acusación.
Roberto observó cómo su hijo intentaba levantar un poco más el torso. Apenas centímetros. Pero lo hacía.
Un centímetro que antes no existía.
Se arrodilló sin darse cuenta.
—Pedrito…
El niño giró la cabeza hacia él y soltó un sonido emocionado.
No era casualidad.
No era imaginación.
Era progreso.
Las semanas siguientes cambiaron algo más que la rutina. Roberto comenzó a quedarse en casa más tiempo. Observaba las sesiones. A veces participaba, torpe al inicio, moviendo juguetes para que su hijo intentara alcanzarlos.
La casa dejó de oler solo a desinfectante. Ahora olía a comida recién hecha, a música suave, a esfuerzo.
Doña Gertrudis volvió a asomarse por la cerca.