Regresé a mi anexo y dediqué la siguiente hora a perforar la madera y fijar el cerrojo. El chasquido metálico que hizo la tranca al deslizarse en su lugar fue mi primera declaración de independencia del día. Nadie iba a entrar a mi refugio sin mi permiso.
A las 9 de la mañana tomé un autobús hacia el centro de la ciudad. Entré a la oficina de telecomunicaciones, tomé mi turno y esperé pacientemente. Cuando la muchacha del mostrador me llamó, me saludó con esa amabilidad exagerada que le dedican a los ancianos, pensando seguramente que yo venía a quejarme de un cobro extra o a pedir ayuda para entender mi factura. Saqué mi documento de identidad y le ordené la cancelación inmediata del paquete de canales de deportes y del servicio de internet de alta velocidad de la casa principal. La joven parpadeó varias veces, confundida. Me advirtió que perdería todos los beneficios premium y me preguntó si estaba completamente segura. Le respondí que nunca en mi vida había estado más segura de algo y que dejara únicamente la línea telefónica básica. Firmé los papeles con mi letra redonda y salí de allí con el recibo de cancelación en el bolsillo de mi falda.
Mi siguiente parada fue la compañía de electricidad. El trámite allí fue un poco más burocrático, pero mi condición de propietaria absoluta del terreno me abrió todas las puertas. Solicité una reducción técnica en la capacidad de carga eléctrica para el medidor de la casa grande. El empleado que me atendió me miró por encima de sus anteojos y me explicó que con esa reducción, si alguien encendía el aire acondicionado y la ducha eléctrica al mismo tiempo, los fusibles no aguantarían y se cortaría la luz de inmediato. Asentí con la cabeza, le di las gracias por la explicación técnica y firmé la autorización. Esa era exactamente la trampa que quería tender.
Regresé a mi casa al mediodía. El sol calentaba el patio y el árbol de mango daba una sombra generosa. La casa principal estaba en silencio. Mis nietos estaban en la escuela, Lorena en el mercado y Fausto supuestamente buscando trabajo, aunque todos sabíamos que pasaba las mañanas apostando en los billares del barrio vecino. Me encerré en mi anexo, pasé mi nuevo cerrojo de acero y encendí mi radio de transistores a un volumen muy bajo. En lugar de tejer o ver novelas, saqué de una caja de cartón mi vieja colección de moldes de hojalata para hornear. Eran moldes antiguos, algunos con forma de estrella, otros redondos y profundos. Me senté junto a la ventana con un trapo limpio y un frasco de pulimento y comencé a frotar el metal hasta sacarle brillo, esperando pacientemente a que la tarde cayera y mi yerno regresara.
A las 6 de la tarde escuché el motor ruidoso de la camioneta de Fausto estacionarse bruscamente en la calle. Escuché el portón metálico abrirse y cerrarse con un golpe seco. Sus pasos pesados resonaron por el pasillo hasta la casa principal. Yo seguí puliendo un molde para bizcochos sin alterar mi respiración.