Diez minutos después, la tranquilidad del patio se rompió. Desde mi ventana, a través de los cristales, escuché los primeros gritos apagados por las paredes de la casa grande. Fausto estaba bramando. Seguramente había encendido su enorme televisor comprado a crédito para ver el resumen de los partidos de fútbol y se había encontrado con una pantalla azul que exigía la contratación del servicio. Luego, imagino que intentó conectar su teléfono al internet para jugar, solo para descubrir que la red había desaparecido del aire.
No salió al patio a reclamarme. El recuerdo del documento notarial de desalojo que le entregué el día de la madre todavía le quemaba en las manos. Sabía que un paso en falso, un insulto directo hacia mí, y yo podía llamar a la policía para acelerar su salida por hostigamiento, así que desquitó su furia con los objetos. Escuché el golpe de una puerta cerrarse con violencia, pero la verdadera prueba llegó una hora más tarde. El calor de la noche empezaba a sentirse pegajoso. Fausto, fiel a su rutina de hombre que exige comodidades que no paga, encendió el aire acondicionado de su habitación. Unos minutos después, seguramente decidió tomar un baño con agua caliente para relajar su supuesta tensión.
De repente, un sonido sordo resonó en la pared exterior de la casa principal. El interruptor principal había saltado. Las luces de la casa grande se apagaron de golpe, sumiendo a Fausto, a Lorena y a mis nietos en una oscuridad total. Mi anexo, que tenía un cableado independiente y consumía lo mínimo, seguía perfectamente iluminado. Mi pequeño ventilador de aspas seguía girando y mi radio de transistores seguía murmurando una vieja canción de bolero. Sonreí en silencio. La ejecución de mi plan estaba funcionando con la precisión de una receta de repostería bien medida.
A las 8 de la noche escuché unos toques suaves y temblorosos en la puerta de mi anexo. No eran los golpes arrogantes de Fausto; eran los nudillos de mi hija. Deslicé el cerrojo de acero y abrí la puerta. Lorena estaba parada allí, iluminada por la luz amarilla de mi entrada. Tenía los ojos hinchados, los hombros caídos y las manos entrelazadas sobre el estómago. Parecía 10 años mayor de lo que realmente era.
La invité a pasar y le ofrecí asiento en la única silla de madera que tenía frente a mi cama. Yo me quedé de pie, apoyada contra la pequeña mesa donde guardaba mi libreta de ule negro.
“Mamá, por favor”, comenzó Lorena con la voz quebrada. “Fausto está furioso. Dice que tú llamaste para cortar el internet y el cable, y ahora la luz no aguanta. Los fusibles se botan si prendemos el aire. Los niños están asustados en la oscuridad”.
La miré con todo el amor que una madre puede sentir, pero también con la firmeza de quien sabe que, para curar una herida infectada, hay que limpiar a fondo, aunque duela.
“Los niños pueden salir al patio a tomar el fresco como hacías tú cuando eras pequeña, Lorena”, le respondí en un tono calmado, sin levantar la voz. “Pueden leer un libro con la luz de las velas y apagar los aparatos grandes. Lo que no voy a hacer es seguir financiando los lujos de un hombre que me falta al respeto en mi propia mesa”.