Al final asintió.
—Tu padre una vez recibió una bala por mí. Va siendo hora de pagar esa deuda. Pero no bastamos tú y yo.
Así, antes de la noche, se reunieron en la cabaña cuatro hombres más: Héctor, Tomás Cárdenas, un peón viejo y seco como cuero; Samuel Bueno, el herrero del pueblo; y un forastero apodado el Holandés, que oyó la historia en la cantina y decidió que era hora de hacer algo decente por primera vez en meses.
No hicieron grandes planes. Esperaron.
Esa misma noche, mientras Julián alimentaba a Rosa junto al fuego, Héctor le preguntó:
—¿Y si Elisa no vuelve?
Julián miró a la niña.
—Entonces la criaré yo.
Samuel levantó una ceja.
—Eso es una vida entera, no un favor de unos días.
—Ya lo sé.
—¿Y vas a entregar tu paz por ella?
Julián no dudó.
—Ya se la entregué.
A la mañana siguiente encontraron algo nuevo.
Tallado en la corteza de un álamo, al borde del claro, había un mensaje.
Encuéntrala. Protégela. E.
Julián sintió que el corazón le golpeaba tan fuerte que casi le dolió.
—Está viva —susurró—. Elisa está viva.
—Y nos está mirando —murmuró Héctor.
Eso lo cambió todo.
Gerardo Leal volvió al mediodía del segundo día.
Esta vez traía seis hombres.
Julián salió con Rosa amarrada al pecho. Héctor y los otros se colocaron a su lado con rifles viejos, pero manos firmes. Gerardo desmontó y avanzó solo hasta el borde del claro.
—Última oportunidad, Becerra. Dame a la niña.
—No.
Gerardo suspiró.
—Entonces hoy te entierran.
—Tal vez. Pero tendrás que matarme delante de testigos.
El sheriff miró a los hombres junto a Julián con desprecio.
—¿Crees que cuatro rancheros cansados bastan para detenerme?
—No —dijo Héctor—. Pero a veces basta con recordar.
—¿Recordar qué?
—Que todos supimos lo que hiciste.
Entonces pasó algo que Gerardo no esperaba.