Encontró a un bebé llorando junto a un caballo muerto, y reconoció a la madre del bebé.

Del bosque empezaron a salir personas.

Pedro Haro, el tendero. Tres peones de ranchos vecinos. Irene Maldonado, la vieja maestra. Un joven pastor que había reemplazado al antiguo cura. Incluso dos mujeres del pueblo que años atrás habían llevado comida a Marina Fajardo.

No iban armados. Iban avergonzados.

—Se acabó, Gerardo —dijo Pedro—. Ya no vamos a seguir callando porque traes estrella.

El sheriff perdió el color.

—¿Qué demonios creen que hacen?

—Lo que debimos hacer hace ocho años —dijo Irene con la voz temblorosa, pero firme—. Samuel Fajardo merecía justicia. Su hija también. Y esa niña merece vivir.

Uno de los hombres de Gerardo levantó el rifle.

Entonces sonó un disparo.

No salió del porche.

No salió del pueblo.

Salió de la loma.

Todos voltearon. Un hombre cayó de su caballo, herido en el hombro.

Y desde entre los pinos apareció una figura flaca, con el cabello oscuro recogido y un rifle todavía humeando entre las manos.

Elisa Fajardo.

Bajó la pendiente despacio, con el rostro hundido por el cansancio y el miedo, pero con los ojos encendidos.

Se detuvo a unos metros de Gerardo.

—Debiste asegurarte de que muriera —dijo él, atónito.

—Lo intentaste —respondió ella—. Pero sigo aquí.

Julián la miró sin poder apartar los ojos. La niña tímida de otro tiempo se había convertido en una mujer quebrada y feroz.

Elisa miró primero a Rosa, luego a Julián.

Y por primera vez, su voz tembló.

—La mantuviste viva…

—Sí.

—Gracias.

Se volvió otra vez hacia Gerardo.

—Mataste a mi padre, a mi madre, incendiaste nuestra casa, me perseguiste por años. ¿Todo por qué? ¿Porque mi padre dijo la verdad sobre ti?

Gerardo apretó los dientes.

—Tu padre me arruinó.

—No. Tú te arruinaste solo.

La mano de Gerardo bajó hacia el revólver.

Antes de que lo sacara, Héctor disparó al suelo frente a sus botas. La tierra saltó.

—La siguiente no es advertencia —dijo.

Los hombres del sheriff no se movieron. Ninguno quiso morir por él.

Gerardo los miró, comprendió que estaba solo y retrocedió.

—Esto no acaba aquí.