—Estás jugando con fuego, muchacho.
—Tal vez. Pero es mi mano la que se quema.
Gerardo sonrió apenas.
—Ya veremos.
Se fue, pero Julián supo que el reloj había empezado a correr.
Los siguientes tres días no soltó a la bebé casi nunca. Le dio de comer cada pocas horas, le cambió los paños, la arrulló con las canciones viejas de su madre. La llamó Rosa, porque necesitaba nombrarla de algún modo y, en el valle donde la encontró, las rosas silvestres crecían tercas entre las piedras.
Rosa empezó a mejorar. Su llanto ganó fuerza. Sus manitas apretaban el dedo de Julián con una voluntad feroz.
Al cuarto día, oyó caballos.
Cinco.
Se movían rápido por la loma.
Julián subió a Rosa al altillo, la escondió detrás de unas mantas, tomó el rifle y salió al porche.
Gerardo Leal llegó con cuatro hombres armados. No traía ayudantes del alguacil. Traía matones.
—Vengo en nombre de la ley —dijo con tono burlón—. Esa criatura no tiene familia conocida. Por lo tanto queda bajo custodia del condado.
—No va a ningún lado.
—No es decisión tuya.
Julián alzó el rifle apenas lo necesario.
—No pienso entregarle una niña al hombre que mató a su familia.
Las palabras cayeron pesadas, como una piedra en un pozo.
Los hombres de Gerardo se removieron incómodos. El sheriff dejó de sonreír.
—Tienes pruebas de eso, muchacho?
—Tengo una manta con el nombre de Elisa Fajardo. Tengo un caballo muerto. Tengo memoria. Y tengo vergüenza de no haber hablado antes.
Gerardo avanzó un paso.
—Te doy dos días para entrar en razón. Después volveré y no voy a pedir.
Julián lo vio marcharse y supo que no podría enfrentar aquello solo.
A la mañana siguiente fue a buscar a Héctor Vela, un ranchero viejo que había peleado junto a su padre y todavía conservaba algo que en aquel tiempo escaseaba: honor.
Héctor escuchó la historia sin interrumpir.
Luego miró a la niña dormida contra el pecho de Julián y escupió al suelo.
—¿Me estás pidiendo que me ponga contra el sheriff?
—Le estoy pidiendo que se ponga contra un asesino.
Héctor tardó en responder. Mucho.