La niña del caballo muerto
El caballo yacía de costado entre los pastos altos, con las costillas quietas bajo la luz dura de la mañana. Las moscas ya zumbaban alrededor de sus ojos hundidos. La silla colgaba floja, el cuero cuarteado por el sol, y uno de los estribos arrastraba en la tierra reseca.
Julián Becerra vio al animal desde lejos, como una mancha oscura recortada sobre el dorado del valle.
Llevaba tres horas recorriendo la cerca de su rancho, revisando postes vencidos por las lluvias de primavera. Su caballo resopló y se hizo a un lado antes de acercarse. Julián le soltó un poco las riendas. Los caballos siempre detectaban la muerte antes que los hombres.
Se bajó unos veinte metros antes y avanzó despacio, con la mano cerca del revólver y los ojos atentos al matorral. En aquellas tierras del norte de Coahuila, cualquier cosa inmóvil podía ser una trampa: bandidos, ganado robado, un cuerpo dejado a propósito para atraer curiosos.
Entonces lo oyó.
Un llanto.
Delgado, agudo, quebrado por el cansancio.
No era un pájaro. No era el viento. Era el llanto desesperado de un bebé que llevaba demasiado tiempo llorando solo.
A Julián se le encogió el pecho.