Encontró a un bebé llorando junto a un caballo muerto, y reconoció a la madre del bebé.

Puso a la niña sobre la mesa, la limpió con cuidado, le humedeció la boca, luego hirvió avena con agua hasta volverla casi caldo, recordando vagamente cómo su madre alimentaba así a su hermana menor cuando enfermaba.

La bebé tragó con ansia.

—Buena niña… eso es… buena niña…

Cuando por fin se quedó dormida, la acomodó en una caja de madera forrada con una camisa vieja, cerca del fuego.

Esa noche Julián no durmió.

Se quedó mirando la manta con el nombre bordado y pensando en el hombre del que todos habían susurrado, pero casi nadie se atrevía a nombrar.

Gerardo Leal.

Entonces era un cacique pequeño, con gente armada a su servicio. Con los años se había convertido en algo peor: el sheriff de Arroyo Seco, la autoridad que decidía qué se investigaba y qué no. Samuel Fajardo había declarado contra él en la guerra por el incendio de un almacén militar y la muerte de varios hombres. Desde entonces, Gerardo había jurado que le cobraría la afrenta.

Julián lo sabía. Su padre lo sabía. Medio pueblo lo sabía.

Pero nadie dijo nada cuando la casa de los Fajardo ardió.

A la mañana siguiente, Julián fue al pueblo por leche en polvo y tela limpia.

Pedro Haro, el dueño de la tienda, lo miró raro cuando le pidió provisiones para un bebé.

—¿Desde cuándo andas criando criaturas, Julián?

Él no respondió. Sacó la manta del morral y la puso sobre el mostrador.

Pedro palideció.

—No me digas…

—La encontré en el valle. Con una niña.

Pedro tragó saliva y miró hacia la puerta como si el viento pudiera escuchar.

—Si esa criatura es sangre de Elisa Fajardo, más te vale esconderla. Gerardo Leal no va a querer cabos sueltos.

—Entonces tendrá que pasar por encima de mí.

Pedro levantó la vista. Por un segundo pareció ver a alguien distinto en Julián, no al hombre callado de siempre.

Demasiado tarde. Una voz sonó desde la calle.

—¿Eso crees, Becerra?

Julián se volvió despacio.

Gerardo Leal estaba bajo el toldo de la cantina, alto, ancho, con la estrella de sheriff prendida en el chaleco y una sonrisa que no alcanzaba los ojos. Caminó hacia él como si la calle le perteneciera.

—Oí que encontraste algo en el valle —dijo—. Un caballo muerto. Una criatura.

—Las noticias corren rápido.

—Corren cuando me interesa que corran.

Se plantó frente a él.

—Dime una sola cosa. ¿Esa niña tiene nombre?

Julián sostuvo su mirada.

—No uno que te importe.

El silencio cayó sobre la calle. Varias personas miraban desde lejos, fingiendo acomodar costales o clavos.

La mandíbula de Gerardo se tensó.