Rodeó el cadáver del caballo y, del otro lado, medio oculto bajo el vientre del animal, encontró un bulto de tela cubierto de tierra. El bulto se movió. Un puñito salió al aire, se cerró y cayó.
Julián cayó de rodillas.
Era una niña, de apenas unos meses. Tenía la cara roja e hinchada, los labios resecos, el cuerpo caliente por el sol y la ropa sucia de polvo y lágrimas. Gritó otra vez, más débil, como si ya no le quedara aire para pedir ayuda.
Él la levantó con una ternura que le salió antes que el pensamiento.
—Dios santo… —murmuró.
Miró alrededor. No había huellas recientes de carreta. No había señales de campamento. No había nadie. Sólo el caballo muerto, el valle vacío y kilómetros de silencio.
Fue entonces cuando vio la manta bajo la silla.
La jaló despacio. Era una manta de lana oscura, desgastada por los años, pero en una orilla conservaba unas letras bordadas con hilo deslavado.
Elisa Fajardo.
Julián dejó de respirar un segundo.
Conocía ese nombre.
No de cerca, no como amigo, pero sí lo bastante para que el pasado le cayera encima como un golpe.
Ocho años atrás, cuando él aún vivía con su padre en un rancho que se venía abajo, una familia llamada Fajardo había vivido a tres valles de distancia. Eran gente reservada. El padre, Samuel Fajardo, había llegado del centro del país después de la guerra. La madre, Marina, llevaba pan a la iglesia los domingos. Y la hija, Elisa, era una muchacha tímida, de ojos grandes y cabello negro, que entonces tendría unos diez u once años.
Julián también recordó el incendio.
Finales de verano. Sequía. El monte convertido en yesca. Una noche, una columna de humo se alzó desde las tierras de los Fajardo. Cuando la gente llegó, la casa era ceniza, el establo también. Nunca encontraron los cuerpos. Sólo huesos de animales, madera calcinada y un silencio raro que nadie quiso romper demasiado.
Después vinieron los rumores. Que Samuel debía dinero. Que hombres del este lo buscaban. Que había declarado contra alguien importante y había pagado por ello. El pueblo habló un tiempo… y luego enterró el asunto.
Julián había estado allí aquella mañana, parado junto a su padre frente al campo negro.
—No es asunto nuestro —le dijo su viejo—. Bastantes problemas tenemos.
Y Julián, que entonces era joven y obediente, montó de regreso a casa y se tragó su incomodidad.
Ahora estaba en medio del valle, con una niña medio muerta en brazos y una manta bordada con el nombre de Elisa Fajardo.
Si Elisa había sobrevivido al incendio, ahora debía tener dieciocho o diecinueve años.
Y aquella niña…
Aquella niña era su hija.
Julián humedeció la yema de sus dedos con agua de su cantimplora y se la acercó a los labios. La criatura abrió la boca con desesperación y chupó débilmente.
—Así, chiquita… despacito…
La amarró contra su pecho con el cinturón, montó con torpeza y giró rumbo a su cabaña junto al arroyo. Pero antes de irse, miró una vez más al caballo muerto y se hizo una promesa que le quemó por dentro.
Si Elisa Fajardo seguía viva, la encontraría.
Y si no, si aquella bebé era todo lo que quedaba de ella, entonces se aseguraría de que viviera.
Porque ocho años atrás, Julián Becerra se había quedado callado mientras una familia ardía en el miedo.
No volvería a hacerlo.
Su cabaña era humilde: una sola habitación, chimenea de piedra, techo bajo y un altillo de madera. La había construido con sus propias manos después de que muriera su padre y el viejo rancho familiar se vendiera por partes.
No era gran cosa, pero era suya.