Después hablé con julián. Yo en austin. Julián es un arquitecto joven, alguien que apenas empezaba su vida. Cuando me contó su historia sentí que estaba escuchando el futuro de mi hijo mateo. Isabella lo alejó de todos sus amigos. Elena, le dijo que su propia madre era una mujer controladora que solo quería arruinar su felicidad. Tuve tres años sin ver a mi madre por creerle a esa mujer, elena, me dijo julián con una rabia que traspasaba el auricular. Cuando isabella se fue con mi dinero, mi madre ya había muerto de tristeza. Ella no solo se lleva los ahorros de tu vida, ella mata a tu familia.
Julián casi gritaba por el teléfono: salve a su hijo, por favor. Esa mujer es un parásito que se alimenta de la bondad de la gente.
Colgué el teléfono y me quedé mirando una foto de isabella y patricia que mateo me había dado hace meses. En la imagen salían riendo, abrazadas, pareciendo la viva imagen de la decencia. Ahora solo veía a dos depredadoras acechando a su presa. Comprendí que esto era un negocio familiar. Isabella era el anzuelo, con su cara de ángel y sus lágrimas falsas, y patricia era el cerebro que armaba los contratos legales para que nadie pudiera demandarlas después.
Hoy andrés y julián no dudaron en ayudarme. En menos de una hora mi correo electrónico estaba lleno de archivos, facturas falsas, correos electrónicos llenos de manipulación y números de cuentas bancarias. Al comparar los nombres de las empresas fantasma que ellos me enviaron con mi lista de los diecisiete millones, sentí que una fuerza fría me recorría el cuerpo. Los nombres coincidían perfectamente. Era el mismo modo de operar, la misma red de mentiras.
Fui a mi despacho e imprimí cada hoja. El sonido de la impresora era como el tambor de una guerra que ya había empezado. Armé una carpeta negra, gruesa, llena de pruebas reales. Era mucho más pesada que la elegante carpeta de cuero de isabella. Mientras pasaba las hojas, el miedo desapareció por completo. Lo que sentía ahora era un poder gélido, una claridad mental que solo tienen las madres cuando ven que alguien intenta devorar a su sangre.