En pleno almuerzo, la prometida de mi hijo exigió de repente 17 millones de dólares para organizar una boda lujosa, y mi hijo incluso asintió en señal de acuerdo. Pero justo en ese momento, un mesero me deslizó en secreto un papel en la mano: “Ella es una estafadora… salve a su hijo.

Miré el reloj. Isabella pensaba que el lunes yo iba a firmar su sentencia de riqueza. Ella cree que mi hijo es solo una marca más en su lista, un tonto al que puede manejar con un par de solosos, pero no contaba conmigo. Hola isabella, crees que mateo es solo una presa fácil, dije en voz alta en el silencio de mi oficina. Pues deja que te diga una cosa. Cuando una madre mexicana se entera de que hay alguien intentando matar el alma de su hijo, no llama a la policía de inmediato. Se convierte en la sombra más temible que jamás hayas visto. Tiene setenta y dos horas para seguir sonriendo, porque después de eso voy a hacer que te arrepientas del día en que decidiste poner un pie en la casa de los morales. El juego acaba de dar un giro que no te esperas.

Estaba sentada en mi biblioteca, rodeada de carpetas, papeles y capturas de pantalla que andrés y julián me habían enviado desde texas. Miré mis propias manos sobre la mesa de madera pesada. Eran las mismas manos que habían firmado cheques por miles de pesos, las mismas que habían acariciado la frente de mi hijo mientras él me pedía dinero para sus supuestas emergencias. Sentí una punzada de culpa que me recorría el cuerpo. Me recriminé a mí misma por haber dejado que el amor de madre me nublara el juicio, por haberme convertido sin querer en cómplice de esas mujeres que estaban desangrando a mi propia sangre. Pero esa culpa no me detuvo. Al contrario, se transformó en una hoguera de determinación.

Ya no se trataba solo de salvar a mateo. Ahora se trataba de limpiar el nombre de los morales y de recuperar la dignidad que esas estafadoras intentaron pisotear.

No perdí el tiempo. Fui a buscar al licenciado rodríguez, un hombre conocido en toda la ciudad por su mano dura y su honestidad inquebrantable. Cuando puse sobre su escritorio la carpeta de los diecisiete millones junto con las pruebas que había recolectado, lo vi negar con la cabeza. Rodríguez no vio una boda en esos papeles. Me miró fijamente y me dijo que esto no era un matrimonio, sino un asesinato financiero fríamente calculado.

Empezamos a desmenuzar cada nombre y cada cifra. Descubrimos que los seiscientos setenta mil pesos que mateo ya les había entregado no fueron a parar a ninguna clínica ni a ningún taller mecánico. El dinero saltó por varias cuentas puente hasta terminar en una cuenta de ahorros a nombre de una tía de isabella que lleva muerta más de cinco años. Ellas ni siquiera se molestaron en ocultar bien sus huellas porque pensaban que yo era una anciana distraída que nunca preguntaría nada.