En medio del almuerzo la prometida de mi hijo de repente exigió diecisiete millones de dólares para organizar una boda lujosa.
Miré fijamente a la prometida de mi hijo y le dije: diecisiete millones de dólares para una boda, están locos.
La prometida de mi hijo solo torció la boca con una sonrisa burlona mientras que mateo, mi hijo, añadió fríamente otro golpe mortal: mamá, si no pagas el dinero significa que amas más la caja fuerte que la felicidad de tu hijo. Deja de ser tanta caña, mamá.
Sentí que mi dignidad era pisoteada al máximo por el mismo hijo al que había amado con todo mi corazón, pero en ese momento un mesero deslizó en secreto en mi mano un papel con una frase escrita de manera descuidada: ella es una estafadora, salve a su hijo, salve.
Yo soy elena morales. El aire en la hacienda los morales siempre huele a historia, a muros de piedra y a ese aroma dulce del café de olla con canela. Es un lugar donde las familias de alcurnia en méxico sellamos promesas, pero ese día, mientras el sonido de los mariachis se escuchaba a lo lejos, el olor del mole poblano me revolvía el estómago. No, no era por la comida. Era el olor rancio de la traición lo que llenaba mis pulmones.
Sentada frente a mí, isabella mantenía esa sonrisa perfecta que nunca llega a los ojos, pero antes de que llegara el postre ella sacó una carpeta de cuero fino grabada con letras doradas y la puso sobre la mesa, justo al lado de un plato de tacos que nadie terminó. Con una voz que pretendía ser dulce, pero que sonaba tan fría como el mármol, me dijo que ya lo tenía todo calculado.