El relato de eduardo se volvió más oscuro. Me describió cómo aquel hombre ricardo regresó al restaurante meses después. Estaba deshecho, borracho y llorando a mares. Gritaba que la boda no existía, que los organizadores eran cómplices y que todo su dinero se había esfumado. Pero la verdaderamente detrás de todo no era solo isabella.
Eduardo me contó que una vez escuchó a patricia, la madre, regañando a su hija en los baños. Le decía que tenía que hacer sentir culpable al hombre si no soltaba el dinero. Decía que la culpa era la llave más rápida para abrir cualquier billetera.
Eduardo intentó llamar a la policía una vez, pero le dijeron que no podían hacer nada. Todos los pagos se hacían como regalos o aportaciones voluntarias para la boda, pero legalmente ellas estaban cubiertas. Mientras lo escuchaba sentí que la tristeza se evaporaba y en su lugar nacía algo frío y sólido. Ya no era una anciana vulnerable. Sentí una energía que no sabía que tenía recorriendo mis venas.
Le di las gracias a eduardo. Le dije que me había salvado la vida y la de mi hijo. Intenté dejarle una propina grande, pero él la rechazó con firmeza. Me di cuenta de que para él esto era una cuestión de honor, no de dinero.
Salí del restaurante hacia el sol brillante de la ciudad de méxico, pero no sentía calor. Saqué mi teléfono y marqué el número de un viejo amigo, un abogado experto en fraudes financieros. Ya no iba a llorar más. Mateo, pero esa mujer no se va a casar contigo. Ella quiere devorar lo que construimos con tanto esfuerzo y yo, tu madre, no voy a permitir que des un solo paso más hacia ese abismo. La guerra ha comenzado.
Entré a mi casa y el silencio me recibió como un balde de agua fría. El aroma a sándalo que siempre me ha dado paz esta vez se sentía pesado, casi asfixiante. Caminé por el pasillo mirando las fotos en las paredes. Me detuve frente al retrato de mateo el día de su graduación. En ese entonces sus ojos tenían una luz limpia, una calidez que hoy, en aquel restaurante, se había transformado en un incendio de desprecio.
Fui directo al pequeño altar que le tengo a mi difunto esposo. Encendí una veladora y el fuego tembló con mi respiración agitada. Viejo, ayúdame, susurré. Nuestro hijo está perdido. En méxico el hogar es un templo, pero sentía que isabella había cruzado el umbral sin permiso y estaba demoliendo los muros desde adentro, ladrillo por ladrillo.
Hoy me encerré en el despacho. Abrí la caja fuerte con manos temblorosas y saqué los estados de cuenta y las facturas de los últimos ocho meses. Me senté frente al escritorio y empecé a revisar cada centavo que mateo me había pedido prestado para sus supuestas inversiones o emergencias. El sonido del papel al pasar era lo único que se escuchaba.