Respiré hondo. Cerré la carpeta de cuero con un golpe seco. No les dije que no. Necesitaba tiempo. Isabella frunció el ceño cuando le dije que tenía que pensarlo, no hoy. Mateo se levantó de la mesa arrastrando la silla con una rudeza que me dolió en el alma. Me dijo que era una decepción de madre. Los vi alejarse, pero dejándome sola con la cuenta del almuerzo y ese papelito que quemaba en mi mano.
Mi corazón estaba roto, sí, pero mi mente por primera vez en mucho tiempo estaba más despierta que nunca. Mateo, hijo mío, puedes odiarme ahora mismo, pero no voy a dejar que esa mujer destruya tu vida. Gracias a esos diecisiete millones, será el precio que pagaré, pero no para tu boda sino para comprar la verdad.
Cuando el coche de mateo rugió al salir del estacionamiento, el silencio en mi mesa se volvió insoportable. El restaurante seguía lleno de risas, de choques de copas y del bullicio de familias felices, pero para mí ese mantel blanco parecía ahora el sudario de mi propia esperanza. Me quedé mirando la silla vacía de mi hijo, pero en nuestra cultura una madre mexicana se enorgullece de darlo todo por sus hijos. Que él usara eso para herirme era una puñalada directa al centro de mi dignidad.
Apreté el papel de eduardo en mi puño cerrado. Sus huellas estaban grabadas en mi palma por el sudor. Esperé unos minutos y le hice una señal a eduardo cuando pasó cerca. No dije nada, solo abrí la mano para que viera que tenía el mensaje. Él asintió con gravedad y me indicó con la mirada el jardín trasero, cerca de la fuente de piedra. Y ahí el ruido del agua cayendo nos daría la privacidad que necesitábamos.
Caminé hacia allá con las piernas temblorosas. Eduardo ya me esperaba fingiendo que acomodaba unas plantas. Se veía nervioso. Me confesó que me debía mucho por la ayuda que mi esposo le dio hace años y que no podía quedarse callado mientras veía cómo nos desplumaban. Lo que me dijo a continuación me dejó sin aliento.
Eduardo me contó que en los últimos dos años había visto a isabella sentada en esa misma mesa al menos tres veces. Ella llegaba con un hombre distinto, siempre alguien con dinero, y siempre venía acompañada de su madre patricia, quien se encargaba de validar cada mentira. Siempre era la misma carpeta, siempre los mismos millones de pesos para una boda de ensueño que nunca ocurría.
Eduardo recordó a un hombre llamado ricardo, un empresario del campo. Hola, ese pobre hombre estaba tan ilusionado como mateo. Si ustedes aún me están escuchando, ayúdenme comentando aquí abajo el lugar donde viven. Saber que tengo amigos acompañándome en este camino me da las fuerzas que necesito para seguir contando esta historia.