Me llamó madre elena con esa confianza que me erizaba la piel. Dijo que una boda digna del apellido morales no podía costar menos de diecisiete millones de pesos, pero según ella yo siempre había dicho que el honor de la familia estaba por encima de todo. Hablaba de traer flores de cerezo importadas, de una fiesta de tres días en san miguel de allende y de un vestido bordado a mano en parís. Cada palabra que salía de su boca era como un golpe directo a mi cuenta bancaria, pero sobre todo a mi sentido común.
Yo busqué los ojos de mi hijo. Esperaba ver en él una pizca de cordura, una señal de que esto era una broma de mal gusto, pero mateo no me miró. En lugar de eso tomó la mano de su prometida y la apretó con fuerza. Entonces mi propio hijo me lanzó palabras que me dolieron más que cualquier bofetada. Me dijo que ese era el sueño de isabella. Me soltó frente a todo el restaurante que si yo no pagaba ese dinero era porque quería más a mi caja fuerte que a su propia felicidad. Me recordó que yo siempre decía que la familia era lo primero y que este era el momento de demostrarlo.
Hoy me sentí pequeña. Mi hijo, al que cargué en mis brazos y al que le entregué mi vida entera desde que su padre murió, ahora me miraba como si yo fuera su peor enemiga, como si yo fuera el único obstáculo entre él y su paraíso de cartón.
Mi hijo dos eduardo ha sido mesero en la hacienda por décadas. Él sirvió en el bautizo de mateo y en cada aniversario de mi difunto esposo. Puso un vaso de agua con hielos frente a mí y, con un movimiento rápido, fingió derramar un poco de agua mientras pasaba el trapo blanco para limpiar. Sentí que algo áspero rozaba mi palma y eduardo me deslizó un trozo de papel pequeño y arrugado. Luego me miró a los ojos por un segundo. Había miedo en su expresión, pero también una lealtad que ya no encontraba en mi propia sangre.
Me hizo una seña casi imperceptible con la cabeza antes de retirarse. Bajo la mesa abrí el papel. La letra era temblorosa, pero clara. Decía: no señora, señora elena, no firme nada, ella es una estafadora, salve a su hijo.
Sentí un frío glacial que no venía del vaso de agua. Ese frío nació en mi espalda y se extendió por todo mi cuerpo. Miré de nuevo a isabella y ella seguía hablando de cubiertos de plata y de orquestas sinfónicas. De pronto los últimos ocho meses pasaron por mi mente como una película de terror.
Recordé el día que mateo la trajo a casa. Era demasiado perfecta, demasiado amable. Poco a poco ella fue usando esa técnica de la seda que envuelve y asfixia. Cada vez que yo intentaba cuestionar algo, ella lloraba y me decía, y le decía a mateo, que yo no la quería. Y mateo, cegado, terminaba reclamándome a mí. Cincuenta mil para una supuesta inversión, cien mil para una emergencia médica de su suegra. Ahora lo entendía. Esos diecisiete millones no eran para una boda, eran el golpe final para dejarnos en la calle.