Perros callejeros, sobras, sanciones. Así diriges un equipo. El gerente palideció al instante. Marcos, no es lo que parece. Yo solo mantengo el orden. Tú sabes cómo es este negocio. Yo sé, interrumpió él, que un restaurante es tan bueno como la gente que lo sostiene. Y tú estás rompiendo a los que más trabajan. Sergio intentó sonreír. La chica robó comida. No puedo permitir eso. Marcos dio un paso al frente. Si hubieras mirado un segundo más allá de tu ego, habrías visto por qué lo hacía.
El gerente tragó saliva. ¿Qué quieres que haga? ¿Que la deje llevarse las obras? Eso da mala imagen. Marcos lo miró largo, como si lo estuviera estudiando por primera vez. La mala imagen, dijo en voz baja, es verte a ti humillando a una persona hambrienta que sostiene tu restaurante cada noche. Sergio abrió la boca para responder, pero Marcos ya estaba caminando hacia la oficina. El gerente lo siguió nervioso. Antes de entrar, Marcos se detuvo un segundo y miró hacia la puerta por donde Lucía había salido minutos antes.
Afuera, aún llovía. mañana antes de que abra el restaurante”, dijo finalmente hablaré con ella y contigo también. Pero Sergio aún no sabía que esa conversación cambiaría su destino y que su poder dentro del restaurante estaba a punto de derrumbarse por completo. Al día siguiente, Lucía llegó al restaurante con los ojos hinchados por no dormir. Había salido del metro de lavapiés con el mismo frío que le calaba los huesos la noche anterior, pero esta vez también cargaba algo peor, miedo.