No había olvidado ese olor. No había olvidado esa sensación. Lucía, dijo él, Sergio, suele tratarte así. Ella tardó en responder como si confesara un pecado. Sí, a mí y a casi todos, pero él dice que si nos quejamos nos cambia por otros. Y no tengo a dónde ir. Marcos respiró hondo tratando de contener el impulso de bajar de golpe a la realidad. Entiendo respondió con calma, aunque por dentro hervía. Una última pregunta. ¿Alguien más sabe de tu situación en casa?
Lucía negó con la cabeza. Si lo supieran, pensarían que quiero lástima. Yo solo quiero trabajar. En ese momento, un ruido fuerte interrumpió su conversación. La puerta de la oficina se cerró de golpe. Sergio bajaba de nuevo, molesto, hablando por teléfono. Sí, mañana reviso los informes. No, ese proveedor es un inútil. Marcos hizo un gesto rápido a Lucía para que siguiera su camino, como si no hubieran hablado en absoluto. Ella obedeció pasando junto al gerente sin siquiera mirarlo.
Sergio, ni enterado, continuó con su llamada. Marco se quedó allí en el pasillo observando como Lucía recogía su mochila y se dirigía hacia la salida. La vio detenerse un segundo frente a la puerta, respirando hondo para que nadie notara que estaba a punto de llorar. Luego salió al frío de la madrugada. Marcos bajó al salón. El silencio era casi doloroso. Miró el tuper vacío en la basura, los restos aplastados entre papeles. Algo dentro de él se quebró.
Sergio terminó la llamada y se encontró con Marcos de frente. Marcos, no sabía que seguías aquí, dijo con una sonrisa tensa. Todo bien, ¿verdad? Ya tengo listos los números del mes. Quiero hablar contigo, respondió Marcos sin rastro de cordialidad. Ah, claro, claro. ¿Sobre qué? Marcos lo miró con una calma que daba más miedo que cualquier grito. Sobre cómo tratas a mi personal. Sergio parpadeó. Perdón, Lucía. Y no solo ella. He visto tu actitud toda la noche y escuché cada palabra.