Sergio le había dicho que llegara una hora antes. No había desayunado, no había tenido dinero para comprar ni un café barato. Empujó la puerta trasera del restaurante y entró en silencio. El olor a café recién hecho y pan tostado, que solía reconfortarla, le revolvió el estómago. En la cocina, Sergio estaba con los brazos cruzados como si la hubiese estado esperando. “Llegas tarde”, dijo, aunque faltaban 10 minutos para la hora. Lucía tragó saliva. Son las 9:10. Cuando te sanciono, interrumpió, llegas cuando yo digo, no cuando el reloj dice.
Ella bajó la cabeza. No quería discutir, solo quería conservar el empleo. “Hoy vas a limpiar todo el almacén”, dijo Sergio. “Y cuando termines vienes a avisarme.” Lucía asintió y se dirigió al pasillo, pero al llegar al almacén se detuvo en seco. Alguien ya estaba allí. Marcos estaba de pie junto a las cajas de verduras, revisando un cuaderno y varios documentos del restaurante. Llevaba una chaqueta sencilla, el mismo rostro tranquilo de la noche anterior, pero esta vez había algo distinto en su mirada.
Decisión. Lucía se sobresaltó. Perdón, no sabía que estaba aquí. Marcos levantó la vista. “Quería hablar contigo”, dijo a solas. Ella se tensó. Si es por lo de anoche, lo siento de verdad. No fue. Lucía la interrumpió con suavidad. No voy a reprenderte por eso. Ella frunció el ceño confundida. Entonces Marcos respiró hondo. Quería que lo escucharas de mí antes que de nadie. Yo soy el dueño del restaurante. Lucía sintió que el piso se movía. ¿Usted sí lo que vi anoche no lo voy a olvidar?