Ella Comía Sobras a Escondidas… Sin Saber Que El Dueño La Estaba Observando…

Aquella noche fría en Madrid, a las 11:47 de la noche, mientras una llovisna pegaba contra los cristales del restaurante, una camarera temblaba de hambre frente a un plato que, según el gerente, ya no valía nada. El extractor rugía sobre la cocina. El olor a ajo, aceite y carne a la plancha llenaba el aire y el suelo pegajoso hacía que cada paso sonara como un pequeño recordatorio de cansancio. Lucía llevaba casi 14 horas de turno. Los pies le ardían dentro de unos tenis gastados y el uniforme blanco ya no era blanco, estaba manchado de café, salsa y sudor.

“Lucía, ¿vas a seguir soñando o vas a recoger esas mesas?”, Espetó Sergio, el gerente, sin mirarla a los ojos. Él llevaba camisa impecable, reloj caro y una sonrisa falsa que solo aparecía cuando un cliente importante entraba por la puerta. Lucía apretó los labios y asintió. Ya voy, Sergio. Ganaba uno 00 euros al mes, sin seguro, sin extras, a cambio de jornadas que empezaban a las 11 de la mañana y terminaban pasadas las medianoche. Había aprendido a contar cada moneda, cada euro, cada propina, pero esa noche no pensaba en eso.